1. De la contemplación a la acción
El trabajo no es una actividad sin más ni una actividad como otra cualquiera, como pasear, contemplar las estrellas o leer un poema. Tampoco ha tenido siempre el mismo significado ni se le ha atribuido el mismo papel social, político o religioso. En general:
El trabajo es la acción mediante la que el ser humano se procura lo que necesita. Descubre, así, su capacidad de invención y el poder transformar la naturaleza.
La filosofía griega concibe al ser humano como Homo sapiens, como un ser que conoce, que anhela contemplar la verdad. Cuando alguien se veía obligado a realizar alguna actividad para sobrevivir, se consideraba que llevaba una vida servil. Era el caso de los enemigos vencidos, a los que se esclavizaba para atender a su propia vida y a la de su amo. A éstos, Aristóteles les negaba la denominación de "hombres".
Desde esta premisa, los griegos diferenciaban dos tipos de vida:
1) La privada: le corresponde atender a las necesidades de la vida y debe permanecer oculta.
2) La pública: se relaciona con los asuntos humanos; es la única digna de ser vivida. Es una vida sin trabajo. El trabajo se reserva para los esclavos y las mujeres, sometidas a los quehaceres de la vida privada.
Esta idealización contemplativa en el mundo griego se vio reforzada en el mundo medieval cristiano. Con el advenimiento de la sociedad industrial, se rescató el concepto de Homo faber, llegándose a afirmar como dimensión fundamental humana.
2. Los rasgos del trabajo humano
Hannah Arendt realiza un análisis pormenorizado de las diferencias entre los conceptos de labor y trabajo.
Llamamos labor a una actividad orientada a la obtención de bienes de consumo inmediato.
El trabajo es la actividad dirigida a producir cosas artificiales y útiles de carácter más duradero.
Además, el trabajo posee estas otras características:
1) Es una violencia ejercida sobre la naturaleza: El material sobre el que el Homo faber trabaja es un producto que ha sido arrancado de la tierra, aislado y separado de su lugar propio.
2) El trabajo se rige por un modelo que guía la fabricación, precede al proceso de trabajo y perdura tras él.
3) La actividad del Homo faber convierte al ser humano en diseñador e inventor de un mundo de útiles e instrumentos.
4) El trabajador percibe una remuneración -su salario- por un tiempo limitado y predefinido de trabajo. Esta salarización del trabajo -la traducción del trabajo a unidades de tiempo y dinero- es un elemento diferencial clave para definir el trabajo.
3. El trabajo en la sociedad industrial
La revolución industrial transformó radicalmente el concepto de trabajo. Hay seis consecuencias que merecen destacarse:
1) Surge un nuevo ámbito de trabajo, la fábrica: la invención de la máquina de vapor y la consiguiente automatización de la producción permiten que muchos operarios trabajen juntos de forma coordinada. Se multiplican las funciones, actividades y niveles. El trabajo queda fragmentado y se crean nuevas relaciones.
2) Se organiza la distribución del tiempo de un modo diferente: de estar regidos por el sol, hombres y mujeres pasan a ser regidos por el reloj y la sirena de la fábrica.
3) La producción se localiza en las ciudades, originando el urbanismo. En estas ciudades industriales se desarrollan unas formas familiares más reducidas y un modelo social, en general, más distante y anónimo.
4) Aparece un nuevo tipo de propiedad distinto al tradicional basado en la tierra: las acciones y los bonos. Con ellas aparece el propietario burgués capitalista.
5) Paralelamente, las duras condiciones de trabajo y de vida en el medio urbano dan como resultado el nacimiento del proletariado.
6) La mujer empieza a vincularse al proceso productivo y con ello inicia la larga marcha hacia su liberación.
Marx analizó este cambio de tan grandes dimensiones y buscó las claves para dar una respuesta justa y humanizadora. Una de ellas es la recuperación del valor del trabajo. Según el materialismo marxista, el trabajador pierde su ser en el trabajo. Al vender su fuerza de trabajo, es considerado una mercancía, pierde su valor como sujeto activo.
Al trabajador también se le expropia el fruto de su trabajo que pasa a engrosar el capital del propietario. En ello consiste la alienación del trabajador, que se hace otro, es absorbido por el capital.
Esta ruptura entre trabajadores y propietarios se transmite a la sociedad en forma de clases sociales enfrentadas. Una tensión que en determinados momentos de la historia estalla en forma de revolución. Superada la lucha de clases, el trabajo recuperará su valor esencial para el ser humano.
4. Modelos de organización de la producción
El primer modelo puede denominarse artesanal. En él, unos obreros altamente cualificados con una maquinaria especializada crean uno a uno cada producto.
El segundo, introducido por General Motors en la década de 1920, es el modelo multidivisional de producción, que se conoce como producción en masa.
El tercero, introducido por Toyota después de la Segunda Guerra Mundial, se ha denominado producción racionalizada. Se trata de fundir en un único modelo las ventajas del artesanal y de la producción de masa.
5. El trabajo en la sociedad actual
La sociedad que surgió de la Revolución Industrial se escindió en poseedores y desposeídos, y entró en una fuerte crisis en el primer tercio del siglo XX, caracterizado por las revoluciones sociales.
La Segunda Guerra Mundial marca el fin de una época y la aparición de una nueva sociedad, basada en la democracia política, el crecimiento económico sostenido y la igualdad educativa.
El proyecto tuvo, en principio, un éxito sin precedentes en los países desarrollados: pleno empleo, extensión de la educación a todas las capas sociales, seguridad social, etc.; en definitiva, el Estado del Bienestar.
Para ello, fue necesario que las personas, además de ciudadanos, se convirtiesen en "capitalistas" y "consumidores". Capitalistas porque la formación obtenida a través de los sistemas educativos es un bien preciado para la empresa, es "capital humano". Consumidores por la necesidad del sistema de mantener un nivel de demanda adecuado.
El consumo es el motor de la economía, y el trabajo es el medio para acceder a él y para obtener un cierto estatus social.
Paralelamente al incremento del consumo se va dando un proceso constante de tecnificación y automatización de la producción por la incorporación de las nuevas tecnologías. Todos los análisis muestran el surgimiento de una nueva civilización. Este conjunto de cambios se llama con muchos términos: sociedad postindustrial, sociedad de servicios, sociedad de la información, sociedad del conocimiento, etc.
La tecnología invade todos los ámbitos de la nueva sociedad, no solo la economía y la política. Las relaciones humanas: familia, ocio, trabajo, actividades sociales y religiosas, etc., están influidas por los medios tecnológicos.
Para algunos, las nuevas tecnologías mejoran las condiciones de trabajo eliminando las tareas repetitivas y tediosas. Son una fuente constante de nuevos empleos y de extensión de la riqueza. En suma, la tecnología es totalmente positiva.
Otros sostienen que solo unos pocos puestos de trabajo, y en los países desarrollados, mejoran sus condiciones, pero, para la mayoría, el trabajo es precario, inestable y, poco a poco, dejará de existir.
Es difícil saber qué va a pasar, pero algunos hechos parecen claros. El viejo esquema de clasificación por sectores productivos (primario, secundario y terciario) debe abandonarse. Hoy, la estructura del trabajo es mucho más compleja. Nuevos empleos emergen de forma constante; el paro se alterna con tiempos de trabajo y de formación, y cada vez es más necesario readaptarse a los nuevos perfiles de trabajo.
Sin una clara delimitación del perfil del trabajo, el empleo se convierte en una realidad inaprensible, los sujetos se desorientan y se desmotivan. Junto a algunos que poseen un trabajo satisfactorio, cada vez más personas y durante más tiempo viven el trabajo como la negación de la vida. Vivir es consumir, es no trabajar, y el trabajo, un tiempo de no vida.
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