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viernes, 2 de octubre de 2026

Aristóteles: Ética y política

Al estudiar la Ética, Aristóteles, siguiendo sus propios criterios, atendió a las exigencias de la naturaleza (physis), en este caso concreto, a los de la naturaleza humana, y de acuerdo con ésta constató que todos los seres humanos tienden por naturaleza a la felicidad (eudaimonía).


Ahora bien:

... respecto a lo que es la felicidad ya no se hallan todos de acuerdo y el vulgo no la define de la misma manera que los sabios, porque el vulgo juzga que la felicidad consiste en cosas como el negocio o en las riquezas o en los honores.


Aristóteles, Ética a Nicómaco


Por tanto, ¿en qué consiste la felicidad? Y, ¿cómo alcanzarla? La felicidad de los seres humanos guarda una intrínseca relación con las actividades propias de los seres humanos. Mas, ¿cuáles son las actividades propias de los seres humanos? Las actividades propias de éstos dependen de sus facultades propias y esenciales.

Por tanto, para averiguar cuáles deben ser aquéllas debemos determinar, de modo previo, éstas. A este respecto, vemos que los seres humanos poseen multitud de facultades, de las cuales unas (comer, correr, sentir, recordar, etc.) las poseen en común con el resto de los animales, mientras que otras (pensar, querer) son propias y exclusivas de ellos. Por tanto, a éstas habrá que atender. Las facultades propias de los seres humanos son el entendimiento y la voluntad y, en consecuencia, la auténtica felicidad de los seres humanos habrá de consistir en el ejercicio correcto de dichas facultades. Pero, ¿en qué estriba el ejercicio correcto de éstas? Primeramente, en averiguar qué es el bien (esfuerzo intelectual) y, en segundo lugar, en tratar de alcanzarlo: o, expresado de otro modo, en averiguar qué debemos hacer y en hacerlo correctamente, esto es, en comportarnos adecuadamente.

Así pues, cumpliendo nuestro deber alcanzamos la felicidad, pero ¿en qué consiste ésta? A esta pregunta Aristóteles nos respondía que en conseguir el fin más alto que al ser humano le es posible. Y, ¿cuál es este fin? Oigamos su respuesta:


Tanto, pues, se extiende la felicidad cuanto la contemplación, y los que más participan del contemplar, también participan más de la felicidad y esto no accidentalmente, sino por razón de la misma contemplación, porque ella, por sí misma, es cosa valiosa.


Aristóteles, Ética a Nicómaco


La felicidad, pues, consiste en contemplación. Para Aristóteles, la facultad más alta de los seres humanos es el intelecto, y su actividad propia la contemplación (entender), de ahí que concluya afirmando que la felicidad ha de consistir en contemplar (entender, en griego contemplar se dice theoría); pero, ¿contemplar qué? La belleza y el orden del cosmos, la auténtica realidad de las cosas.

Resulta evidente, por una parte, que este filósofo permanece en el intelectualismo y el elitismo griego: sólo los sabios pueden ser felices, pues sólo éstos tienen acceso a cierta comprensión del cosmos y, en consecuencia, se excluye de la felicidad a la persona corriente y común, es decir, a la inmensa mayoría de los seres humanos, pues éstos ni suelen ser sabios ni pueden dedicar su tiempo a la contemplación, ya que la tarea cotidiana de lograr el sustento, el vestido y la vivienda suele llevarles casi todo su tiempo. Pero, por otra parte, dicha concepción, en manera alguna, posee un carácter ascético, pues si la felicidad depende de modo fundamental de la contemplación, ésta por sí sola no basta y debe venir acompañada de la amistad de ciertas personas, del placer proporcionado por el sexo y la compañía de los hijos, de cierta disponibilidad de bienes materiales, una aceptable salud, etc. En este aspecto, este autor parece más sensible a los sentimientos y a las necesidades comunes de las personas que la mayoría de los filósofos de su tiempo.

La virtud


La virtud es un hábito selectivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón tal y como lo determinaría un hombre prudente. El término medio lo es entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto... mientras que la virtud encuentra y elige el término medio. Por eso desde el punto de vista de su entidad y de la definición que enuncia su esencia, la virtud es un término medio: pero desde el punto de vista del bien y de la perfección es un extremo.

Pero no todo hecho ni todo afecto admite el término medio, pues hay algunos cuyo mero nombre implica la maldad; por ejemplo: la malignidad, la desvergüenza, la envidia, y entre las acciones el adulterio, el robo, el homicidio. Todos estos casos y los semejantes a ellos se llaman así por ser malos, no por sus excesos o defectos.


Aristóteles, Ética a Nicómaco


En el comportamiento moral desempeñan una función fundamental los hábitos. Entendemos por hábito una disposición a obrar de una manera determinada que se adquiere mediante la repetición de actos; por ejemplo, si reiteradamente estudiamos, adquirimos el hábito de estudiar, y si reiteradamente fumamos, el de fumar. Cuando los hábitos son buenos o positivos, se denominan virtudes, cuando son malos o negativos, vicios. Los vicios nos alejan de nuestro deber y de nuestra felicidad; las virtudes, en cambio, nos ayudan a conseguirlos. En este sentido, como indicamos anteriormente "la virtud es un hábito selectivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón como lo determinaría una persona prudente".

La virtud, por una parte, en tanto implica una elección (o una determinación) supone una dimensión intelectual: es la razón la que debe elegir de un modo "prudente" (por tanto, los ignorantes difícilmente sabrán elegir); pero, por otra, es necesario, además, poseer la fuerza de voluntad suficiente para superar la pereza y las inclinaciones negativas, es decir, es preciso estar habituado (poseer el hábito) de comportarse del modo debido. Así, tenemos que desde el punto de vista moral, una conducta correcta conlleva tanto un esfuerzo intelectual como un esfuerzo volitivo, pues si la virtud es un término medio, resultará difícil acertar y muy fácil equivocarse, ya que existirán muchas formas de ser malo (vicioso) y sólo una de ser bueno (virtuoso); pero, además, resulta también que en el vicio caemos fácilmente, en cambio, en la virtud nunca caemos, sino que a ella sólo llegamos mediante un constante esfuerzo.


De modo análogo al arquero, que sólo tras intensos entrenamientos logra acertar en el centro de la diana -y no siempre-, la virtud, en tanto en cuanto comportamiento correcto y adecuado de las personas, constituye también un hábito que se forma tras reiterados esfuerzos, porque "es muy fácil equivocarse y muy difícil acertar", ya que en el vicio caemos, pero en la virtud nunca se cae, sino que a ella sólo se accede con el esfuerzo cotidiano. 


Ninguna de las virtudes morales se adquieren por naturaleza... Antes bien, las virtudes se engendran en nosotros obrando como en las otras artes; porque lo que sólo podemos hacer si lo hemos aprendido, lo aprendemos haciéndolo, por ejemplo, nos convertimos en albañiles construyendo edificios, en tañedores de cítaras tañendo. Del mismo modo, haciendo actos justos nos hacemos justos, viviendo templadamente templados y haciendo actos valerosos en valientes, lo cual se prueba cotidianamente en las ciudades, porque los que hacen las leyes pretenden que los ciudadanos se hagan buenos; y esto es lo que persigue la voluntad de cualquier legislador; y quienes no lo hacen así lo yerran todo. Y en esto difiere la buena de la mala república. Asimismo, cualquier virtud y cualquier arte del mismo modo que se alcanza se destruye, porque tañendo la cítara se hacen los buenos tañedores, pero también los malos y algo semejante sucede con los albañiles y los demás casos, porque edificando bien se harán buenos albañiles y edificando mal malos... Y de la misma manera sucede con las virtudes, porque obrando de modo contrario unos de otros nos hacemos unos justos y otros injustos; y ante el peligro unos se hacen valerosos y otros cobardes; y lo mismo sucede en las codicias y en las iras, unos se convierten en templados y mansos y otros en lujuriosos e iracundos... Por tanto, conviene declarar cómo deben ser los actos, pues los hábitos nacen conforme a la diversidad de los actos. No es pequeña, en consecuencia, la importancia de acostumbrarnos desde pequeños de esta o de la otra manera.


Aristóteles, Ética a Nicómaco


La política

El pensamiento político de Aristóteles difiere sustancialmente del de Platón en varios puntos esenciales; así, por una parte, Platón intentó formular sus concepciones políticas partiendo exclusivamente de principios teóricos, y Aristóteles, por el contrario, procuró informarse de las realizaciones concretas; en este sentido, se le atribuye el análisis de más de 150 Constituciones y formas políticas de diferentes países; y, mientras que Platón intentó diseñar un estado ideal que superase las tendencias negativas de los seres humanos y los condujera hacia su perfección, Aristóteles, en cambio, pretendió adaptar el estado a las circunstancias concretas, a las condiciones sociales e históricas particulares de la sociedad en que se realiza.

Según este filósofo, a diferencia de las bestias y de los dioses, el ser humano es social por naturaleza, de tal modo que sólo puede llegar a alcanzar su calidad de ser humano conviviendo en sociedad; por tanto, la ciudad (la polis) es anterior al individuo.

La forma de organización social ideal es la polis o ciudad-Estado, compuesta de un núcleo urbano y de varias aldeas próximas. En cuanto a la organización del gobierno, distinguió entre formas puras o correctas y formas corruptas o degeneradas. Entre las primeras, señaló la monarquía o gobierno de una persona, la aristocracia o gobierno de unos pocos y la democracia o gobierno del pueblo y como formas degeneradas, la tiranía, la oligarquía y la demagogia.

De acuerdo con su tendencia a considerar las particularidades y las circunstancias concretas, no estableció ninguna preferencia por una determinada forma política, sino que vino a concluir que la mejor forma de gobierno está dada en cada caso concreto por las necesidades, el grado de desarrollo y la idiosincracia de los pueblos; no obstante, con cierta frecuencia parece que sugería que Atenas era oligarquía moderada, sometida a cierto control del pueblo.


Consta, pues, que el hombre es por naturaleza animal social en mayor medida que las abejas y que ningún otro animal que viva agrupado; porque, como ya hemos dicho, la naturaleza no hace nada en vano, y entre todos los animales sólo el hombre tiene uso de razón y de lenguaje; porque la voz es indicio de la pena o del deleite que se siente; y así pueden hacer uso de ella otros animales, porque la naturaleza de los mismos se extiende hasta experimentar penas y deleites y comunicárselos entre sí. Mas el lenguaje sirve para mostrar lo que es provechoso y lo que es perjudicial y, por la misma razón, lo que es justo y lo que es injusto. Y estas capacidades son propias y peculiares de los hombres y de ellas carecen el resto de los animales, pues sólo aquéllos tienen conocimiento y sentimiento de lo que es bueno y de lo que es malo, de lo que es justo y de lo que es injusto y de otras cosas similares.


Aristóteles, Política

miércoles, 21 de enero de 2026

La persona, un valor universalmente aceptado

Vivimos en una sociedad plural; los criterios morales y de todo tipo son muy variados. Pero hay un valor, originariamente moral y que fundamenta los restantes ámbitos de la vida humana, que es aceptado, en la actualidad, por todas las éticas occidentales: la persona.

1. Origen del concepto de persona

Aunque entre los estoicos (griegos y romanos) aparece cierta idea de igualdad entre todos los seres humanos dotados de razón, el concepto de persona, tal como nosotros lo concebimos, se incorpora a nuestra cultura de mano de la tradición judeo-cristiana.
En el judaísmo, todos los seres humanos hemos sido creados por Dios a su imagen y semejanza, con lo que se amplía el horizonte estoico, si bien no se utiliza todavía la palabra "persona".
Será en el cristianismo, al intentar los primeros teólogos explicar la revelación del Dios Trinitario, cuando el concepto de persona haga su irrupción en la historia: todos los seres humanos somos personas, pues hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios, que es tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; además, y puesto que Dios es Padre, todos los hombres son hermanos.


  Etimología 

La palabra persona traduce el mismo término latino, el cual, a su vez, proviene del griego πρόσωπον (prósopon), con el que los griegos designaban la máscara que los actores utilizaban en el teatro para representar a sus personajes y para dirigir adecuadamente la voz hacia los espectadores. Esta significación casi nada tiene que ver con la que nosotros le damos en la actualidad, solvo si la entendemos en els entido de que todas las personas "representamos un papel" (el carácter que nos vamos forjando) a lo largo de nuestra vida.

2. Desde la antigüedad hasta nosotros

La primera definición de persona la da Boecio (Anicius Manlius Torquatus Severinus Boethius, 480-525 d.C.): "Sustancia individual de naturaleza racional". Dicha definición se mantiene, con ligeras variaciones formales, hasta la Ilustración, siendo entonces reformulada por Kant, para quien la persona es un fin en sí misma, dado que es un ser autónomo (capaz de darse a sí mismo normas morales); por esto precisamente, porque las personas somos autónomas y, por tanto, fines en nosotras mismas y dignas de respeto, es posible que la razón halle en la ética un imperativo moral incondicionado, es decir, que ha de ser cumplido por todos y siempre, si queremos que nuestra conducta sea moral. Esta norma moral incondicionada se fundamenta y justifica en el valor absoluto de todas y cada una de las personas, y Kant enuncia así la segunda reformulación que da de ella en Fundamentación de la metafísica de las costumbres:

Obra de tal modo que trates la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio.


  La persona en el judaísmo 

Y dijo Dios:
- Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que ellos dominen los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos y todos los reptiles.
Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
Y los bendijo Dios y les dijo Dios:
- Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los vivientes que reptan sobre la tierra.
Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno.

Génesis (adaptado)

 La persona en el estoicismo   

¡Oh Tú, el más glorioso de los inmortales, de numerosos nombres, siempre omnipotente, Zeus, principio soberano de la naturaleza, que todo gobiernas de acuerdo con la ley, te saludo! Pues es lícito a todos los humanos invocarte de viva voz. Porque somos de tu estirpe, y somos los únicos que recibimos la imagen de la razón divina de todos cuantos seres viven y se mueven sobre la tierra. Por eso te celebraré en mi himno y tu poder siempre cantaré.
Cleantes de Aso, Himno a Zeus

 La persona en el cristianismo 

Ya no hay más judío ni griego, esclavo ni libre, varón y hembra, pues vosotros hacéis todos uno, mediante el Mesías Jesús.
Gálatas

Dejad de mentiros unos a otros, ya que os despojasteis del hombre que erais antes y de su manera de obrar y os vestisteis de ese hombre nuevo que por el conocimiento se va renovando a imagen de su Creador; y aquí no hay más griego ni judío, circunciso ni incircunciso, extranjero, bárbaro, esclavo ni libre.
Colosenses 

 La persona en Immanuel Kant 

Los seres racionales llámanse personas porque su naturaleza los distingue ya como fines en sí mismos, esto es, como algo que no puede ser usado meramente como medio, y, por tanto, limita en ese sentido todo capricho (y es un objeto de respeto). Éstos no son, pues, meros fines subjetivos, cuya existencia, como efecto de nuestra acción, tiene un valor para nosotros, sino que son fines objetivos, esto es, cosas cuya existencia es en sí misma un fin, y un fin tal, que en su lugar no puede ponerse ningún otro fin para el cual debieran ellos servir de medios, porque sin esto no hubiera posibilidad de hallar en parte alguna nada con valor absoluto; mas si todo valor fuere condicionado y, por tanto, contingente, no podría encontrarse por la razón ningún principio práctico supremo.
I. Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres

 La persona en Emmanuel Mounier (Filósofo francés, 1905-1950)  

La aventura de la persona es una aventura continua desde el nacimiento hasta la muerte. Así pues, la consagración a la persona, el amor, la amistad, sólo son perfectos en la continuidad. Éste no es un despliegue, una repetición uniforme como los de la materia o de la generalidad lógica, sino un continuo resurgir. La fidelidad personal es una fidelidad creadora.
El acto de amor es la certidumbre más fuerte del hombre, el cógito existencial irrefutable: "Amo, luego el ser es y la vida vale la pena de ser vivida."
E. Mounier, El personalismo (adaptado)

viernes, 14 de noviembre de 2025

El multiculturalismo

1. ¿Qué es el multiculturalismo?

En las sociedades pluralistas no sólo conviven personas con distintas concepciones de felicidad, sino también personas de diferentes culturas. Como normalmente la cultura preponderante en cada sociedad es una sola, quienes pertenecen a las restantes culturas, no sólo no se sienten identificados con ella, sino que frecuentemente se sienten marginados y relegados por ella.
Multiculturalismo, en sentido amplio, ha venido a significar la convivencia de diversos grupos sociales en una misma comunidad política, algunos de los cuales no comparten la cultura que impregna la corriente central de la sociedad. Una de las tareas morales de esa sociedad consiste entonces en intentar crear una identidad que no prescinda de las diferencias culturales, sino que las integre. Lo cual exige, en principio, reconocer que esas culturas tienen derecho a existir, pero también tener en cuenta sus peculiaridades a la hora de configurar la identidad cultural común a todos.
Para lograrlo existen diversos caminos, pero el más prometedor es el interculturalismo, que propone no sólo la convivencia, sino el diálogo entre las diferentes culturas, para que puedan descrubrirse los valores comunes a todas ellas y aprendan a respetar lo que no son idénticos. El interculturalismo pide una relación convivencial plena entre los distintos grupos.

El valor de las diversas culturas

Es razonable suponer que las culturas que han aportado un horizonte de significado para gran cantidad de seres humanos de diversos caracteres y temperamentos durante un largo periodo -en otras palabras, que han articulado un sentido del bien, de lo sagrado, de lo admirable- casi ciertamente deben tener algo que merece nuestra admiración y nuestro respeto, aun si éste se acompaña de lo mucho que debemos aborrecer y rechazar. Tal vez podamos decirlo de otra manera: se necesita una arrogancia suprema para descartar a priori esta posibilidad.

Charles Taylor, El multiculturalismo y la "Política del reconocimiento"

Monumento Block der Frauen en la plaza Rosenstrasse de Berlín

2. Dificultades más frecuentes

El multiculturalismo plantea problemas, que suelen tener causas como las siguientes:
  • La desconfianza entre los distintos grupos culturales.
  • El desconocimiento, que lleva a fiarse de estereotipos injustificados ("los árabes son vagos", "los judíos son avaros", "los gitanos son mala gente").
  • La falta de información sobre las distintas culturas.
  • La escasa participación de los grupos minoritarios en la vida pública, lo cual comporta marginación.
  • La tendencia a considerar que la propia cultura es la buena y que las demás no aportan nada positivo.

3. Discriminación positiva y sistema de cuotas


Aunque parezca que algunos grupos sociales están impregnados de culturas distintas a la prevalente, como es el caso de las mujeres, los discapacitados, los homosexuales y algunos grupos de jóvenes, no se trata de culturas específicas. Estos grupos más bien poseen algunas características diferenciales y exigen que se respeten esas diferencias.
Como se trata de grupos tradicionalmente desfavorecidos, piden en ocasiones que se practique en su favor una discriminación positiva o que se instaure algún sistema de cuotas para logar situarse al mismo nivel de consideración social que los demás grupos.
Hablamos de discriminación positiva cuando, en igualdad de condiciones entre dos personas, se prefiere a aquella que pertenece a un grupo tradicionalmente marginado. Por ejemplo, a una mujer en vez de un varón.
Hablamos de un sistema de cuotas cuando se obliga a asignar un número determinado de puestos a personas pertenecientes a un grupo tradicionalmente marginado. Por ejemplo, a contratar a un número determinado de personas de color para rodar una película.
En ambos casos se pretende acostumbrar a la sociedad a contar con las personas de ese grupo en pie de igualdad. Por eso son provisionales: cuando se ha logrado que reciban igual consideración, estos procedimientos dejan de tener sentido.

4. Definición de cultura

Cultura es el conjunto de creencias, valores, costumbres y conductas que orientan la vida de los miembros de un grupo, así como el conjunto de instrumentos de que hacen uso en las acciones entre ellos y con el medio, todo lo cual se transmite de generación en generación mediante aprendizaje y lleva a los miembros del grupo a cobrar su identidad.

5. Acciones básicas hacia otras culturas

En general, el contacto entre culturas se establece desde una de las siguientes posiciones:

1.- Etnocentrismo: Una cultura se considera superior y, por tanto, medida de todas las demás. La consecuencia es la incomprensión y, en la mayor parte de los casos, la falta de respeto.
2.- Relativismo cultural: Cada cultura ha de valorarse desde sus propios valores. Lleva a la falta de interés de unas culturas por otras. Ninguna se esfuerza por dialogar con las restantes para dilucidar qué tienen ya en común y cuál es el sentido de sus discrepancias.
3.- Interculturalismo: Cada cultura tiene su especificidad, pero es preciso propiciar el diálogo entre ellas para que descubran los valores universales que les son comunes y para que aprendan a respetar los que no comparten. El interculturalismo es la posición más adecuada a la realidad.

Dos formas de multiculturalismo

Existen fundamentalmente dos formas de estados multiculturales:
1. Estados multinacionales, en los que coexisten más de una nación. Son estados que suelen requerir soluciones políticas, porque las minorías nacionales exigen derechos de autogobierno y transferencias de poder.
2. Estados poliétnicos, en los que coexisten diversas etnias. Son estados que precisan el reconocimiento de derechos multiculturales para emigrantes y para grupos religiosos, que piden apoyo público para la educación bilingüe y exenciones para las diferencias religiosas.
Desde esta perspectiva conviene unir el concepto de "cultura" al de "nación" o "pueblo", es decir, al de una comunidad intergeneracional, que ocupa un territorio y comparte una lengua y una historia distintas.

Will Kymlicka, Multicultural Citizenship

lunes, 7 de julio de 2025

La conciencia moral

1. La voz de la conciencia

Con el término conciencia moral designamos la capacidad que tienen las personas para conocer y juzgar la bondad o maldad de las acciones, tanto propias como ajenas. La conciencia moral, además, mueve y orienta la conducta en la dirección que la persona considera correcta. Expresiones tales como "tengo la conciencia tranquila", "me remuerde la conciencia", "allá cada cual con su conciencia" o "he obrado según me dictaba la conciencia" reflejan claramente el significado moral y la importancia que concedemos a esta capacidad para orientanos en nuestra vida cotidiana.

En todos estos ejemplos el lenguaje popular habla de una especie de voz interior que inspira, obliga y sanciona la moralidad de nuestras acciones. Sin embargo, en su formulación habitual, esta voz aparece como algo demasiado misterioso; por eso la ética intenta aclarar qué es y cómo se desarrolla la conciencia en la vida de los individuos y las sociedades.

2. Heteronomía y autonomía

Para juzgar sobre la bondad o maldad de las acciones o de las normas, la conciencia se sirve de principios en virtud de los cuales la persona rige su vida. En ocasiones no nos percatamos muy bien de cuáles son nuestros principios, pero lo cierto es que cualquier persona se atiene a algunos, se dé cuenta o no de ello.

Estos principios pueden venirle impuestos o dárselos ella a sí misma, racional y libremente. En el primer caso hablamos de heteronomía y en el segundo, de autonomía:

- Una conciencia es heterónoma cuando se guía por:
  • Los dictados del instinto o las apetencias
  • Por la tradición
  • Por la autoridad de otros, sean personas concretas, sea una mayoría
- Una conciencia es autónoma, por el contrario, cuando es ella la que propone las normas morales que deben regir su acción, habiendo reflexionado y decidido sin coacciones.

Sin duda, las personas empezamos por aprender las normas en la sociedad en la que vivimos: en la familia, en la escuela, en el grupo de amigos de distintas edades. Es decir, que en principio nos vienen de "fuera". Pero eso no significa que seamos heterónomos.


La familia constituye un medio de aprendizaje de normas sociales muy importante. Pero sólo en la medida en que reflexionamos sobre ellas y las aceptamos si creemos que son válidas para hacernos mejores personas, nos convertiremos en seres autónomos.

Actuamos de forma autónoma si somos nosotros los que decidimos reflexivamente qué normas consideramos buenas y si somos capaces además de crear otras nuevas. Obramos de forma heterónoma, por el contrario, si nos guiamos por las apetencias o por lo que otros nos dictan, sin haber considerado por nuestra parte qué es lo propio de personas verdaderamente humanas.

La sociedad es el conjunto de las relaciones sociales. Pero, entre éstas, pueden distinguirse dos extremos: las relaciones de presión, en que lo propio es imponer al individuo, desde el exterior, un sistema de reglas de contenido obligatorio, y las relaciones de cooperación, cuya esencia es hacer nacer, en el interior de la mente, la conciencia de normas ideales que controlan todas las reglas. Las relaciones de autoridad y respeto unilateral dan lugar a las relaciones de presión y caracterizan la mayoría de los estados de hecho de la sociedad dada y, en particular, las relaciones entre el niño y el ambiente adulto que le rodea. Por el contrario, las relaciones de cooperación definidas por la igualdad y el respeto mutuo constituyen un sistema de equilibrio más avanzado.

Jean Piaget, El criterio moral en el niño

3. Autonomía y universalidad

"Autonomía" equivale entonces a "autolesgislación", a darse a sí mismo leyes propias. Pero, en cuanto hablamos de leyes, estamos indicando que valen para un grupo o bien universalmente, porque una ley no puede valer para una sola persona. En el caso de la moral, las leyes han de valer universalmente porque son aquellas que cualquier persona debería cumplir, para ser verdaderamente humana y no inhumana.

Por eso, con la expresión "autonomía moral" nos referimos a la capacidad que tenemos las personas de guiarnos por aquellas leyes que nos daríamos a nosotras mismas porque nos parecen propias de seres humanos. No tiene, pues, nada que ver con "hacer lo que me dé la gana", ni tampoco con la independencia frente a toda norma.

4. El desarrollo de la conciencia

Comportarse de forma autónoma es una posibilidad que cada ser humano puede realizar o no. Si repasamos la historia, podremos observar que las conductas heterónomas están siempre relacionadas con situaciones de servidumbre, en sus distintas formas, mientras que los seres autónomos se comportan como seres dueños de sus propios actos, porque en definitiva el término "autonomía" es sinónimo de libertad: es libre quien se da a sí mismo sus propias leyes y las sigue, siempre que entendamos por "sus propias leyes" aquellas que extendería a todos los seres humanos.

De ahí que podamos valorar el tránsito de la heteronomía a la autonomía como un progreso, como un ganar en madurez, que puede lograrse individual y socialmente.

Los individuos tenemos una conciencia capaz de progresar, pero también las sociedades tienen una conciencia que puede ir madurando desde la heteronomía a la autonomía: desde regirse por tradiciones, autoridades y costumbres no asumidas reflexivamente desde principios humanizadores, hasta guiarse por ese tipo de principios. En el caso de las sociedades, Habermas ha elaborado lo que él llama una teoría de la evolución social, en la que muestra que las sociedades han ido aprendiendo moralmente.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Los valores orientan nuestra vida

La experiencia de estar perdidos en el monte, o en un bosque, puede ser angustiosa. Aunque al principio tenga cierto sabor de aventura, conforme van pasando las horas se convierte en la pesadilla de no saber qué hacer ni hacia dónde caminar. El resultado puede ser la pérdida de la propia vida. Pero este tipo de situaciones puede prevenirse aprendiendo a utilizar los instrumentos de orientación, como la brújula y el mapa. Para ello es necesario entrenarse con ayuda de quienes ya saben manejar esas herramientas. De ese modo será más fácil encontrar el camino de salida.

De manera parecida, para no sentirse perdido en la vida personal y social, es preciso aprender a valorar lo que verdaderamente merece la pena y es necesario tomar como guía de la propia vida los valores y las normas que realmente nos humanizan. Los valores morales son la brújula y el mapa que nos ayudan a encontrar el camino de una vida mejor para todos.

1. Los valores nos sirven de guía

Una caravana en el desierto necesita un experto guía para llegar a su meta. En la vida moral, los valores que prefiramos orientan nuestras decisiones.

Las personas somos seres capaces de tomar decisiones y de adquirir hábitos de conducta. De ese modo construimos nuestro propio carácter y personalidad moral conforme a ciertos valores. Los valores son cualidades de las personas y de las cosas, por las que nos resultan atractivas (valores positivos) o repulsivas (valores negativos). La belleza de un paisaje, la generosidad de una persona y la justicia de una sociedad son ejemplos de cualidades valiosas o valores positivos. Muchos valores pueden ser incorporados a la vida personal y social si se hacen los esfuerzos precisos. Los valores positivos nos atraen, mientras que los negativos nos repelen; y aquellos que nos parecen superiores a otros nos llevan a preferirlos o a darles prioridad frente a los valores que consideramos inferiores.

Para conocer nuestra identidad personal y la de las demás personas o la de una sociedad, es fundamental saber qué valores son los preferidos, porque ellos configuran los modos de ser. Para averiguarlo hay que mirar a las acciones concretas: en nuestras elecciones diarias es donde se descubre qué es lo que verdaderamente preferimos. Esto es así porque los valores tienen un componente emotivo (mueven el sentimiento), un componente intelectual (son razonables) y otro componente experiencial (se les comprende mejor cuanto más se incorporan a la propia vida).

 Concepto de valores y normas  
Para modificar nuestras actitudes o adquirir otras nuevas, los hombres necesitamos un referente o una guía por la que orientarnos: los valores, que muchas veces se concretan en normas.
Los valores son cualidades de las cosas (por ejemplo, la belleza), de las personas (por ejemplo, la lealtad) o de la sociedad (por ejemplo, la solidaridad). Encontramos valores positivos y negativos, y unos valores nos parecen superiores a otros. Para comportarnos mejor y ser mejor persona, es necesario saber qué valores son los preferidos por la sociedad.
Las normas son reglas y deberes de convivencia que se deben seguir y a las que se deben ajustar las conductas, las tareas, las actividades, etc.

2. Hechos y valores

Para comprender mejor qué son los valores, hemos de subrayar la diferencia que hay entre describir hechos y hacer valoraciones. Por ejemplo, no es lo mismo relatar cómo es el físico de una persona expresando datos de estatura, peso, color de piel, color de pelo, etc. (hechos), que afirmar que la persona en cuestión «es insobornable» (valor) o bien que es «digna de toda confianza» (valor).

Al describir hechos estamos utilizando un lenguaje descriptivo que permite expresar datos fácilmente comprobables como verdaderos o falsos: «mide 1'80», «pesa ochenta kilos», «su pelo es castaño oscuro», etc.

En cambio, cuando hacemos juicios de valor estamos usando un lenguaje valorativo que indica orientaciones para la acción de uno mismo o de los demás. Porque si decimos, por ejemplo, «esta persona es insobornable», normalmente estamos indicando que valoramos positivamente la rectitud moral que esa persona muestra a través de sus comportamientos habituales, y al mismo tiempo estamos dando a entender que ese valor positivo debería orientar la conducta de cualquier persona, incluido uno mismo.

Con el lenguaje descriptivo decimos cómo es una realidad, mientras que el lenguaje valorativo nos sirve para indicar cómo debería ser. En el primer caso hablamos de cuestiones de hecho, mientras que en el segundo se trata de cuestiones de valor. En la práctica, ambos aspectos de la realidad aparecen mezclados, pero no conviene confundirlos.

3. Tipos de valores

El ejemplo de la persona insobornable tiene relación con los valores morales. En este caso, decir que esa persona tiene incorporado el valor de la insobornabilidad equivale a decir que dicha persona, hasta hoy, se ha venido comportando de una manera que consideramos moralmente positiva, a saber, ha sabido rechazar el soborno.

Pero existen también otros tipos de valores: económicos (eficacia, eficiencia, etc.), vitales (salud, vitalidad, energía, etc.), religiosos (santidad, fe religiosa, etc.), intelectuales (verdad, exactitud, rigor científico, etc.) y estéticos (belleza, elegancia, armonía, creatividad, etc.).

Para cada tipo de valores necesitamos criterios o cánones de valoración diferentes, que estudian las disciplinas correspondientes.

4. Los valores morales

Los rasgos característicos de los valores específicamente morales son los siguientes:

⛯ Son valores que podemos incorporar, con mayor o menor esfuerzo, en la vida personal y social, a diferencia de otros valores que no dependen tanto de nosotros. No todas las personas pueden ser bellas, sanas o eficientes, por mucho que se lo propongan, y eso no significa que no puedan ser personas moralmente buenas. Porque, en el caso de los valores morales, sí que está en nuestras manos incorporarlos en la propia vida.
⛯ Los valores morales sólo pueden ser cualidades de las personas, de sus acciones o de sus formas de relación, no de los animales ni de las plantas. Únicamente los seres capaces de elegir son libres y, por tanto, responsables de sus acciones. Sólo ellos pueden ser honrados, leales o buenos en sentido moral.
⛯ Son valores que creemos que debería apreciar cualquier persona que desee realmente comportarse como tal. Cuando hablamos en serio de ser justo o de ser una persona respetuosa con los demás y con el medio ambiente, lo que estamos expresando es que toda persona debería apreciar esas cualidades y tratar de incorporarlas en su vida cotidiana.

Los valores pueden ser apreciados por todos, es decir, todas las personas pueden incorporarlos a sus vidas. Por tanto, los valores morales valen universalmente, es decir, todas las personas los pueden considerar igualmente válidos.

5. Normas morales

Una norma moral es cualquier imperativo que orienta la conducta de las personas para ir realizando valores morales. Por ejemplo, si pretendemos tomar en serio el valor de la igualdad, trataremos de cumplir la norma "No se debe discriminar a nadie por la raza, el sexo, el idioma o las creencias". Pero ha de hacerse en conciencia y no como una estrategia para lograr algún beneficio egoísta. Porque las normas morales no tienen nada que ver con posibles recompensas o castigos, sino que obligan a cada cual ante sí mismo: si uno las cumple, siente que se humaniza, y si no las cumple, siente remordimientos.

Esto lo veremos más claro si comparamos los principales tipos de normas:



sábado, 2 de noviembre de 2024

La ética epicúrea

La teoría del conocimiento nos ha indicado el modo de acceder al conocimiento de la realidad; la Física ha puesto de relieve la auténtica esencia del mundo y de los seres humanos, haciéndonos comprender que es absurdo temer los fenómenos naturales, la muerte y los dioses; la Ética, según los epicúreos, nos muestra el auténtico camino que conduce a la felicidad. Esta vía consiste, justamente, en procurar liberar al alma de todos los temores y de todas las preocupaciones para que pueda arribar a una situación de tranquila indiferencia o ataraxia (αταραξία).

La Ética socrática, platónica y aristotélica era activa y social y se desenvolvió en estrecha relación con la política: Sócrates, por ejemplo, salía a la plaza pública, a las termas, etc., a dialogar con sus convecinos sobre la virtud, la justicia, los deberes, etc.; en Platón, el sabio (el filósofo) aparecía comprometido en el gobierno de la sociedad; y según Aristóteles, el ser humano, por naturaleza, es "animal político". La moral epicúrea, por el contrario, intentó refugiarse en un individualismo alejado de todas aquellas preocupaciones. Epicuro predicaba la renuncia a toda actividad pública, la huida de la turba social y la retirada al Jardín de los Sabios. Según él, la verdadera moral debe conducir a la inactividad, a la imperturbabilidad, a la soledad o, si acaso, a la tranquila charla amistosa entre "los pocos sabios que son capaces de retirarse del mundanal ruido".

1. El placer

Decimos que el placer es el principio y el fin de la vida feliz. En efecto, de acuerdo con la naturaleza, él es el primer bien y él nos sirve de guía para llevar a cabo toda elección y todo rechazo y de acuerdo con él valoramos todas las cosas por el afecto que producen. Y puesto que por naturaleza éste es el primer bien, justamente por eso no elegimos todos los placeres, antes bien rechazamos muchos cuando de ellos se han de derivar mayores males para nosotros. Y preferimos algunos dolores si de soportarlos han de seguirse mayores placeres.
Diógenes Laercio, Carta a Meneceo

La doctrina ética de Epicuro se fundamenta en las afecciones de placer y dolor que las sensaciones producen en los seres humanos: el placer es bueno y el dolor es malo. En este sentido, todos los seres humanos buscan el placer y huyen del dolor; la propia naturaleza muestra que tal principio posee una extensión universal, pues tanto los animales como los niños se comportan de este modo sin ningún tipo de aprendizaje.
Pero, ¿qué se entiende por placer? De modo primario y radical, el placer corpóreo, el "placer de la carne" o el "placer del vientre". Este autor entendió por placer un estado negativo en el que no se experimenta absolutamente dolor en el cuerpo ni perturbación en el alma; pero las primeras formas, y las más terribles, de dolor y de perturbación son las que se derivan de la carencia de los bienes necesarios: alimentos, agua, vestidos; es decir, las primeras causas de dolor y perturbación son sufrir hambre, sed, frío... en consecuencia, el primer modo de placer consistirá en la satisfacción de dichas necesidades o, lo que es lo mismo, en lograr el equilibrio fisiológico de tener satisfechas las necesidades elementales y en manera alguna de exaltar los placeres de las personas viciosas, intemperantes o ambiciosas.

2. Placeres del cuerpo y placeres del alma
Epicuro distinguió entre los placeres y dolores del cuerpo y los del alma; los primeros guardan relación directa con las afecciones que produce la sensación y permanecen localizados en los órganos adecuados (el dolor se produce en una parte concreta del cuerpo: en el estómago si tienes hambre, en el rostro si se ha recibido un golpe en él, etc.); los placeres y los dolores del alma, en cambio, se refieren a la parte intelectiva y poseen un carácter duradero, flexible e independiente. El cuerpo no puede sufrir ni gozar otros dolores ni placeres que los presentes. El alma, en cambio, puede sufrir y gozar con placeres pasados, pues gracias a su capacidad de memoria y de previsión puede ignorar la situación actual del cuerpo, recordando situaciones pasadas de signo opuesto.


En sentido estricto, es posible afirmar que los únicos dolores y placeres existentes son los corporales, pues, en último término, los placeres y los dolores del alma no son más que placeres o dolores del cuerpo recordados o anticipados. En consonancia con estas ideas, Epicuro podía asegurar que para ser feliz toda la vida es suficiente con haberlo sido un instante, pues nuestra alma puede recordar una y mil veces la experiencia pasada y, de este modo, volver a ser feliz: el recuerdo de los placeres gozados puede borrar los dolores presentes. Pero también puede suceder lo contrario, que los deseos negativos que anidan en nuestra alma (odios, envidias, ambiciones...) perturben el bienestar actual.

Quien hace ocultamente algo contra la mutua convención de no dañar ni ser dañado, de nada sirve que se oculte, pues aunque esté oculto durante algún tiempo, no es seguro que lo pueda estar hasta su muerte.
Epicuro, Máximas capitales

3. Deseos naturales y deseos no naturales
No todos los placeres son iguales, sino que existen placeres superiores y placeres inferiores; por tanto, se trata de elegir de modo conveniente los placeres adecuados sin dejarnos llevar por deseos inmediatos; pues algunos placeres son fuente de dolores y ciertos dolores origen de placeres. En este sentido, Epicuro estableció una triple distinción entre los deseos humanos, a saber: deseos naturales y necesarios, como beber cuando se tiene sed, abrigarse cuando se tiene frío...; deseos naturales no necesarios, que surgen de las preocupaciones por la vanidad y el lujo (son naturales los deseos de comer y beber, pero no es necesario el deseo de procurarse alimentos exquisitos ni sabrosos licores); y deseos ni necesarios ni naturales, que son los que se originan a causa de opiniones o juicios desmedidos, por ejemplo, deseo de riquezas y honores, ansia de poder, etc.
A este respecto, Epicuro proscribía los deseos no necesarios y minimizaba los necesarios, debemos huir de los exquisitos banquetes, anular el amor a las riquezas, cargos y honores, evitar el matrimonio, la intervención en políticas, etc., porque todos ellos son fuente de dolores y turbaciones. Además, señaló la conveniencia de tener satisfechos los deseos necesarios, pues la carencia de alimentos, agua y vestido dificulta enormemente la vida placentera; no obstante, recomendaba moderación y conformidad con poco. Como vemos, el hedonismo de Epicuro se encuentra en las antípodas de un mundo como el nuestro, obsesivamente preocupado por el lujo, el consumo, el derroche...

4. La elección de los placeres

Cuando decimos que el placer es el fin, no queremos entender los placeres lujuriosos y libertinos, como dicen algunos ignorantes de nuestra doctrina o contrarios a ella; sino que unimos la ausencia del dolor del cuerpo con la tranquilidad del ánimo. No son los convites ni los banquetes, ni el disfrute de muchachos y mujeres, ni de pescados y otros manjares que pueden darse en una suntuosa mesa los que hacen dulca la vida, sino un sobrio raciocinio que investiga perfectamente los motivos de toda elección y de todo rechazo.
Diógenes Laercio, Carta a Meneceo

Para ser felices no basta cualquier clase de placeres, sino que mientras unos favorecen la felicidad, otros propenden a perturbarla. En consecuencia, debemos saber elegir, esto es, calcular adecuadamente entre los placeres y los dolores que se nos ofrecen. Este cálculo es llevado a cabo por la prudencia racional.
Vemos, pues, que también en Epicuro, siguiendo la tendencia de casi toda la filosofía griega, aparece un cierto intelectualismo moral, la elección la lleva a cabo la razón o el intelecto: la persona sabia y prudente, por una parte, sabe escoger y, por otra, siempre es dichoso. Las desgracias de los seres humanos se deben a los deseos desordenados, es decir, no elegidos conforme a la razón; pero vivir de este modo es vivir de modo irracional y convertidos en esclavos de nuestras pasiones y deseos. La persona sabia, al contrario, de acuerdo con los dictados de la naturaleza, se aleja de todas las preocupaciones y busca la autarquía (αυτἀρκεια), la autosuficiencia, pues sabe que no puede esperar nada de los dioses ni de los otros seres humanos, y la autarquía conduce a la ataraxia, a la imperturbabilidad: vivir indiferente a los avatares del mundo y de la sociedad; "para ser feliz vivamos escondidos", nos viene a decir Epicuro, ya que el sabio sólo aspira a vivir en la amistad de otros sabios; pues "de todas las cosas que nos ofrece la sabiduría para la felicidad de la vida, la más grande es la adquisición de la amistad".

Todo deseo inquieto y molesto se disuelve en el amor a la verdadera filosofía... Nadie debe dilatar el filosofar de joven ni sentirse cansado de hacerlo de viejo; pues nadie es nunca demasiado joven para buscar la salud del alma ni demasiado viejo para dejar de hacerlo. Y quien dice que la hora de filosofar aún no le ha llegado o que ya le ha pasado, es semejante a quien dice que todavía no le ha llegado o que ya se le ha pasado la hora de ser feliz.
Epicuro, Epístola a Meneceo

5. El tetrafármacos
El camino para arribar a la autarquía y a la ataraxia lo resumió Epicuro con los cuatro preceptos (el tetrafármacos) siguientes: a) no temer a los dioses: los dioses ni tienen molestias ni se las producen a nadie; b) no temer a la muerte; c) los males y los dolores son breves, pues el dolor agudo o se acaba pronto o pronto acaba con nosotros; d) el bien es fácil de lograr, consiste en no prestar atención al dolor y en alejarse de él mediante el recuerdo de los pasados placeres.

Nada es la muerte para nosotros, pues todo mal y todo bien se hallan en la sensibilidad y la muerte es la privación de la sensibilidad.
Diógenes Laercio, Carta a Meneceo

En conclusión, la ética de Epicuro era hedonista; ahora bien, el hedonismo así entendido, contra lo que frecuentemente se afirma, resulta profundamente ascético y hasta heroico, sin duda alguna alejado de los ideales y de las capacidades de la inmensa mayoría de las personas. Se trata, efectivamente, de buscar el placer, mas los epicúreos sabían que el placer sin norma ni medida es poco consistente y fácilmente nos convierte en esclavos; en consecuencia, se impone ser prudentes, conformarse con un mínimo de placer y procurar conseguir el dominio de nosotros mismos.