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jueves, 10 de septiembre de 2026

El trabajo

1. De la contemplación a la acción

El trabajo no es una actividad sin más ni una actividad como otra cualquiera, como pasear, contemplar las estrellas o leer un poema. Tampoco ha tenido siempre el mismo significado ni se le ha atribuido el mismo papel social, político o religioso. En general:

El trabajo es la acción mediante la que el ser humano se procura lo que necesita. Descubre, así, su capacidad de invención y el poder transformar la naturaleza.

La filosofía griega concibe al ser humano como Homo sapiens, como un ser que conoce, que anhela contemplar la verdad. Cuando alguien se veía obligado a realizar alguna actividad para sobrevivir, se consideraba que llevaba una vida servil. Era el caso de los enemigos vencidos, a los que se esclavizaba para atender a su propia vida y a la de su amo. A éstos, Aristóteles les negaba la denominación de "hombres".

Desde esta premisa, los griegos diferenciaban dos tipos de vida:

1) La privada: le corresponde atender a las necesidades de la vida y debe permanecer oculta.

2) La pública: se relaciona con los asuntos humanos; es la única digna de ser vivida. Es una vida sin trabajo. El trabajo se reserva para los esclavos y las mujeres, sometidas a los quehaceres de la vida privada.

Esta idealización contemplativa en el mundo griego se vio reforzada en el mundo medieval cristiano. Con el advenimiento de la sociedad industrial, se rescató el concepto de Homo faber, llegándose a afirmar como dimensión fundamental humana.

2. Los rasgos del trabajo humano

Hannah Arendt realiza un análisis pormenorizado de las diferencias entre los conceptos de labor y trabajo.

Llamamos labor a una actividad orientada a la obtención de bienes de consumo inmediato.

El trabajo es la actividad dirigida a producir cosas artificiales y útiles de carácter más duradero.

Además, el trabajo posee estas otras características:

1) Es una violencia ejercida sobre la naturaleza: El material sobre el que el Homo faber trabaja es un producto que ha sido arrancado de la tierra, aislado y separado de su lugar propio.

2) El trabajo se rige por un modelo que guía la fabricación, precede al proceso de trabajo y perdura tras él.

3) La actividad del Homo faber convierte al ser humano en diseñador e inventor de un mundo de útiles e instrumentos.

4) El trabajador percibe una remuneración -su salario- por un tiempo limitado y predefinido de trabajo. Esta salarización del trabajo -la traducción del trabajo a unidades de tiempo y dinero- es un elemento diferencial clave para definir el trabajo.

3. El trabajo en la sociedad industrial

La revolución industrial transformó radicalmente el concepto de trabajo. Hay seis consecuencias que merecen destacarse:

1) Surge un nuevo ámbito de trabajo, la fábrica: la invención de la máquina de vapor y la consiguiente automatización de la producción permiten que muchos operarios trabajen juntos de forma coordinada. Se multiplican las funciones, actividades y niveles. El trabajo queda fragmentado y se crean nuevas relaciones.

2) Se organiza la distribución del tiempo de un modo diferente: de estar regidos por el sol, hombres y mujeres pasan a ser regidos por el reloj y la sirena de la fábrica.

3) La producción se localiza en las ciudades, originando el urbanismo. En estas ciudades industriales se desarrollan unas formas familiares más reducidas y un modelo social, en general, más distante y anónimo.

4) Aparece un nuevo tipo de propiedad distinto al tradicional basado en la tierra: las acciones y los bonos. Con ellas aparece el propietario burgués capitalista.

5) Paralelamente, las duras condiciones de trabajo y de vida en el medio urbano dan como resultado el nacimiento del proletariado.

6) La mujer empieza a vincularse al proceso productivo y con ello inicia la larga marcha hacia su liberación.

Marx analizó este cambio de tan grandes dimensiones y buscó las claves para dar una respuesta justa y humanizadora. Una de ellas es la recuperación del valor del trabajo. Según el materialismo marxista, el trabajador pierde su ser en el trabajo. Al vender su fuerza de trabajo, es considerado una mercancía, pierde su valor como sujeto activo.

Al trabajador también se le expropia el fruto de su trabajo que pasa a engrosar el capital del propietario. En ello consiste la alienación del trabajador, que se hace otro, es absorbido por el capital.

Esta ruptura entre trabajadores y propietarios se transmite a la sociedad en forma de clases sociales enfrentadas. Una tensión que en determinados momentos de la historia estalla en forma de revolución. Superada la lucha de clases, el trabajo recuperará su valor esencial para el ser humano.

4. Modelos de organización de la producción

El primer modelo puede denominarse artesanal. En él, unos obreros altamente cualificados con una maquinaria especializada crean uno a uno cada producto.

El segundo, introducido por General Motors en la década de 1920, es el modelo multidivisional de producción, que se conoce como producción en masa.

El tercero, introducido por Toyota después de la Segunda Guerra Mundial, se ha denominado producción racionalizada. Se trata de fundir en un único modelo las ventajas del artesanal y de la producción de masa.

5. El trabajo en la sociedad actual

La sociedad que surgió de la Revolución Industrial se escindió en poseedores y desposeídos, y entró en una fuerte crisis en el primer tercio del siglo XX, caracterizado por las revoluciones sociales.

La Segunda Guerra Mundial marca el fin de una época y la aparición de una nueva sociedad, basada en la democracia política, el crecimiento económico sostenido y la igualdad educativa.

El proyecto tuvo, en principio, un éxito sin precedentes en los países desarrollados: pleno empleo, extensión de la educación a todas las capas sociales, seguridad social, etc.; en definitiva, el Estado del Bienestar.

Para ello, fue necesario que las personas, además de ciudadanos, se convirtiesen en "capitalistas" y "consumidores". Capitalistas porque la formación obtenida a través de los sistemas educativos es un bien preciado para la empresa, es "capital humano". Consumidores por la necesidad del sistema de mantener un nivel de demanda adecuado.

El consumo es el motor de la economía, y el trabajo es el medio para acceder a él y para obtener un cierto estatus social.

Paralelamente al incremento del consumo se va dando un proceso constante de tecnificación y automatización de la producción por la incorporación de las nuevas tecnologías. Todos los análisis muestran el surgimiento de una nueva civilización. Este conjunto de cambios se llama con muchos términos: sociedad postindustrial, sociedad de servicios, sociedad de la información, sociedad del conocimiento, etc.

La tecnología invade todos los ámbitos de la nueva sociedad, no solo la economía y la política. Las relaciones humanas: familia, ocio, trabajo, actividades sociales y religiosas, etc., están influidas por los medios tecnológicos.

Para algunos, las nuevas tecnologías mejoran las condiciones de trabajo eliminando las tareas repetitivas y tediosas. Son una fuente constante de nuevos empleos y de extensión de la riqueza. En suma, la tecnología es totalmente positiva.

Otros sostienen que solo unos pocos puestos de trabajo, y en los países desarrollados, mejoran sus condiciones, pero, para la mayoría, el trabajo es precario, inestable y, poco a poco, dejará de existir.

Es difícil saber qué va a pasar, pero algunos hechos parecen claros. El viejo esquema de clasificación por sectores productivos (primario, secundario y terciario) debe abandonarse. Hoy, la estructura del trabajo es mucho más compleja. Nuevos empleos emergen de forma constante; el paro se alterna con tiempos de trabajo y de formación, y cada vez es más necesario readaptarse a los nuevos perfiles de trabajo.

Sin una clara delimitación del perfil del trabajo, el empleo se convierte en una realidad inaprensible, los sujetos se desorientan y se desmotivan. Junto a algunos que poseen un trabajo satisfactorio, cada vez más personas y durante más tiempo viven el trabajo como la negación de la vida. Vivir es consumir, es no trabajar, y el trabajo, un tiempo de no vida.

jueves, 2 de julio de 2026

Hannah Arendt (1906-1975)

Pensadora alemana de origen judío, perseguida y emigrada a Estados Unidos. Discípula de Heidegger, fue una de las mejores analistas de la naturaleza del poder en el siglo XX. Para Arendt, la acción humana, además de labor y trabajo, es acción política. Mediante ella el ser humano nace a la vida propiamente humana, algo negado por el fascismo y el comunismo.

viernes, 15 de marzo de 2024

¿Qué significa autoridad?

1. Introducción

Los seres humanos somos sociales por naturaleza. Pero también tenemos tendencias antisociales que pueden poner en peligro la convivencia. Por eso necesitamos que se respeten unos principios, leyes y normas que sirvan como reglas de juego para vivir en sociedad.

En la mayor parte de las sociedades hay personas que tienen capacidad para exigir obediencia a los demás, y a veces se les obedece de buen grado y otras veces bajo la amenaza de algún castigo o represalia. Esto significa que en las sociedades humanas se dan relaciones basadas en la autoridad y en el poder. Ante esta realidad, podemos preguntarnos si cualquier forma de ejercer la autoridad y el poder es igualmente válida o no.

Si miramos en el diccionario, encontramos que el término «autoridad» tiene al menos dos significados distintos: el «poder que tiene una persona sobre otra que le está subordinada» y el «crédito que se le concede a una persona por sus méritos o fama en una determinada materia». Vemos así que hay dos modos principales de entender la autoridad: como poder o capacidad de mando, y como reconocimiento o prestigio que se gana ante los demás.

Por otra parte, sabemos por experiencia que la autoridad es algo que se puede tener, como la tiene el piloto en el avión o un médico en la consulta. Pero también sabemos que, para llegar a tenerla, es necesario ganársela, es necesario que se le conceda al que la tiene por parte de otros, como ocurre con la autoridad que se le otorga a un político para que gobierne o la que se le concede a un agente de policía para que dirija el tráfico. También el piloto y el médico han tenido que ganarse el puesto que les permite ejercer cierta autoridad en sus respectivos trabajos. Esto es así porque, por regla general, no se puede tener autoridad si no se le concede a uno el derecho de ejercerla.

Quirófano del Hospital Provincial de Castellón: El paciente confía en la autoridad que el conocimiento y la experiencia otorgan al personal sanitario.

La excepción a esta regla general sería el caso de aquellas personas que se otorgan a sí mismas una autoridad que nadie, o casi nadie, les ha concedido. En estos casos, el diccionario señala la diferencia entre ostentar la autoridad, que sería tenerla con pleno derecho, y detentarla, que sería ocupar un puesto de autoridad sin tener derecho a ello. Estos casos suelen ser un peligro de fraude y de abuso de poder.

2. La autoridad y el poder

Tanto si se alcanza un puesto de autoridad con pleno derecho como si se obtiene por medios fraudulentos, toda posición de autoridad lleva consigo algún tipo de poder. El término «poder» tiene un significado muy amplio, pero aquí nos referimos a la capacidad de alguien para influir sobre otras personas o cosas.

En este sentido, «poder» significa ser capaz de algo. Por ejemplo, poder resolver el problema de matemáticas significa tener la capacidad de resolverlo. De esta manera, el poder puede entenderse en muchos casos como sinónimo de saber: «poder» solucionar el problema de matemáticas no significa otra cosas que «saber» resolverlo.

Pero el término «poder» también se utiliza para referirse a la relación de dominio de unos seres humanos sobre otros. Ese dominio puede ser a veces necesario y positivo si se atiene a ciertas reglas y no traspasa ciertos límites, como en el caso del poder que tienen los padres sobre los niños pequeños para decidir por ellos, o el que tienen los gobernantes para detener a los delincuentes. Pero es muy negativo en otros muchos casos, como, por ejemplo, en la dominación propia de la esclavitud, en la explotación laboral y en el abuso de poder que a veces se produce en las relaciones entre gobernantes y gobernados, o entre varones y mujeres, o entre jefes y subordinados.

Así pues, se pueden combinar la autoridad y el poder de varias maneras distintas:

  • Hay personas que tienen una autoridad obtenida con pleno derecho, saben lo que se necesita saber para ocupar el puesto, y ejercen el poder que les corresponde de modo limitado y correcto. Por ejemplo, un buen juez, un buen profesor, un buen capitán de barco... En tales casos, una autoridad legítima ejerce su poder con mesura, es decir, con límite y con prudencia.
  • Hay personas que tienen una autoridad obtenida con pleno derecho y también saben lo que se necesita saber para ocupar el puesto, pero ejercen el poder de modo abusivo e incorrecto. Por ejemplo, un policía corrupto, un investigador que experimenta con seres humanos sin su consentimiento, un político que favorece a sus amigos, etc. En estos casos, una autoridad legítima ejerce su poder sin mesura. La legitimidad que al principio tienen esas personas se deteriora día a día hasta que llega un momento en que la sociedad les retira su confianza y las expulsa del puesto.
  • Hay personas que no tienen una autoridad obtenida con pleno derecho, pero saben lo que se necesita saber para ocupar el puesto y tratan de ejercer un poder semejante al que tendrían si se les hubiese otorgado socialmente la autoridad. Si lo consiguen, puede que ejerzan el poder con abusos o sin ellos. El intrusismo en las profesiones y los impostores que saber hacer bien su papel son ejemplos de este tercer tipo. En estos casos una autoridad ilegítima puede ejercer su poder por un tiempo y hacerlo con o sin mesura.
  • Por último, hay personas que no tienen una verdadera autoridad y tampoco disponen de un saber adecuado, pero cuentan con ciertos resortes que les permiten ejercer un enorme poder y administrarlo a su antojo. Por ejemplo, capos mafiosos, terroristas, militares golpistas, dictadores, etc. En estos casos, una autoridad ilegítima ejerce un poder desmesurado, opresor, arbitrario y tiránico.
3. Autoridad, legitimidad y legitimación

Si reflexionamos sobre esos modos en que se combinan la autoridad y el poder, nos damos cuenta de que la autoridad legítima se basa en dos condiciones principales: un saber y un reconocimiento público basado en ciertas reglas.

Pero además, el modo concreto de ejercer el poder que lleva consigo cualquier autoridad puede dar lugar a que la persona se gane una mayor o menor adhesión y obediencia, una mayor o menor legitimación. Por ejemplo, un gobernante puede haber alcanzado un puesto con total legitimidad, pero ejercer el cargo de un modo abusivo, con el resultado de que no consigue la legitimación que los gobernados podrían otorgarle en forma de apoyo y respaldo a su política. A la inversa, la historia nos muestra muchos ejemplos de individuos que han alcanzado puestos de autoridad sin la debida legitimidad, pero luego han conseguido cierta legitimación, cierta adhesión popular, y de ese modo han podido permanecer en el ejercicio del poder durante largo tiempo.

Legitimidad y legitimación
Legitimidad puede tomarse como término equivalente al de justificación (del Derecho y del Estado); legitimación, por su parte, alude al hecho social de la aceptación o no de una legitimidad.
Elías Díaz, De la maldad estatal y de la soberanía popular

4. Autoridad y autoritarismo

Como la autoridad implica el derecho y el poder de mandar y de hacerse obedecer por quienes están sometidos a ella, puede ocurrir a veces que quien tiene autoridad se exceda en el uso de ese poder. En esos casos hablamos de autoritarismo. Con este término nos referimos al abuso de poder por parte de la persona o grupo que tiene la autoridad, tanto si la tiene de forma legítima como ilegítima.

Por lo general, el autoritarismo se asocia a la práctica del poder de una forma absoluta, es decir, sin contrapeso alguno, sin posibilidad de reclamación o de control a quien ejerce el poder por parte de quienes están sometidos al mismo. Los monarcas del Antiguo Régimen y los dictadores son los ejemplos más claros de autoritarismo, a veces llamado «despotismo».

Vemos así que, si bien la autoridad siempre exige obediencia, no debemos confundirla con el poder que la acompaña, ni con las formas abusivas de ejercerlo. La obediencia que demanda la autoridad no impide que se conserve la libertad de quienes obedecen, puesto que la autoridad legítima que ejerce su poder con mesura suele ganarse la obediencia voluntaria de quienes han de obedecerla. A este respecto, Hannah Arendt (1906-1975) afirmaba:

La autoridad implica una obediencia en la que los hombres conservan su libertad.

Sin embargo, puede ocurrir que esta obediencia voluntaria se obtenga por medio de la propaganda, la manipulación y otras artimañas semejantes. En tal caso, la legitimación que se consigue constituye un abuso de poder, y quienes lo cometen incurren en autoritarismo, puesto que impiden al público el acceso a los datos que le permitirían saber la verdad sobre el modo en que esa autoridad está ejerciendo su poder, y de esta manera impiden el control sobre las decisiones que toman.