viernes, 15 de marzo de 2024

¿Qué significa autoridad?

1. Introducción

Los seres humanos somos sociales por naturaleza. Pero también tenemos tendencias antisociales que pueden poner en peligro la convivencia. Por eso necesitamos que se respeten unos principios, leyes y normas que sirvan como reglas de juego para vivir en sociedad.

En la mayor parte de las sociedades hay personas que tienen capacidad para exigir obediencia a los demás, y a veces se les obedece de buen grado y otras veces bajo la amenaza de algún castigo o represalia. Esto significa que en las sociedades humanas se dan relaciones basadas en la autoridad y en el poder. Ante esta realidad, podemos preguntarnos si cualquier forma de ejercer la autoridad y el poder es igualmente válida o no.

Si miramos en el diccionario, encontramos que el término «autoridad» tiene al menos dos significados distintos: el «poder que tiene una persona sobre otra que le está subordinada» y el «crédito que se le concede a una persona por sus méritos o fama en una determinada materia». Vemos así que hay dos modos principales de entender la autoridad: como poder o capacidad de mando, y como reconocimiento o prestigio que se gana ante los demás.

Por otra parte, sabemos por experiencia que la autoridad es algo que se puede tener, como la tiene el piloto en el avión o un médico en la consulta. Pero también sabemos que, para llegar a tenerla, es necesario ganársela, es necesario que se le conceda al que la tiene por parte de otros, como ocurre con la autoridad que se le otorga a un político para que gobierne o la que se le concede a un agente de policía para que dirija el tráfico. También el piloto y el médico han tenido que ganarse el puesto que les permite ejercer cierta autoridad en sus respectivos trabajos. Esto es así porque, por regla general, no se puede tener autoridad si no se le concede a uno el derecho de ejercerla.

Quirófano del Hospital Provincial de Castellón: El paciente confía en la autoridad que el conocimiento y la experiencia otorgan al personal sanitario.

La excepción a esta regla general sería el caso de aquellas personas que se otorgan a sí mismas una autoridad que nadie, o casi nadie, les ha concedido. En estos casos, el diccionario señala la diferencia entre ostentar la autoridad, que sería tenerla con pleno derecho, y detentarla, que sería ocupar un puesto de autoridad sin tener derecho a ello. Estos casos suelen ser un peligro de fraude y de abuso de poder.

2. La autoridad y el poder

Tanto si se alcanza un puesto de autoridad con pleno derecho como si se obtiene por medios fraudulentos, toda posición de autoridad lleva consigo algún tipo de poder. El término «poder» tiene un significado muy amplio, pero aquí nos referimos a la capacidad de alguien para influir sobre otras personas o cosas.

En este sentido, «poder» significa ser capaz de algo. Por ejemplo, poder resolver el problema de matemáticas significa tener la capacidad de resolverlo. De esta manera, el poder puede entenderse en muchos casos como sinónimo de saber: «poder» solucionar el problema de matemáticas no significa otra cosas que «saber» resolverlo.

Pero el término «poder» también se utiliza para referirse a la relación de dominio de unos seres humanos sobre otros. Ese dominio puede ser a veces necesario y positivo si se atiene a ciertas reglas y no traspasa ciertos límites, como en el caso del poder que tienen los padres sobre los niños pequeños para decidir por ellos, o el que tienen los gobernantes para detener a los delincuentes. Pero es muy negativo en otros muchos casos, como, por ejemplo, en la dominación propia de la esclavitud, en la explotación laboral y en el abuso de poder que a veces se produce en las relaciones entre gobernantes y gobernados, o entre varones y mujeres, o entre jefes y subordinados.

Así pues, se pueden combinar la autoridad y el poder de varias maneras distintas:

  • Hay personas que tienen una autoridad obtenida con pleno derecho, saben lo que se necesita saber para ocupar el puesto, y ejercen el poder que les corresponde de modo limitado y correcto. Por ejemplo, un buen juez, un buen profesor, un buen capitán de barco... En tales casos, una autoridad legítima ejerce su poder con mesura, es decir, con límite y con prudencia.
  • Hay personas que tienen una autoridad obtenida con pleno derecho y también saben lo que se necesita saber para ocupar el puesto, pero ejercen el poder de modo abusivo e incorrecto. Por ejemplo, un policía corrupto, un investigador que experimenta con seres humanos sin su consentimiento, un político que favorece a sus amigos, etc. En estos casos, una autoridad legítima ejerce su poder sin mesura. La legitimidad que al principio tienen esas personas se deteriora día a día hasta que llega un momento en que la sociedad les retira su confianza y las expulsa del puesto.
  • Hay personas que no tienen una autoridad obtenida con pleno derecho, pero saben lo que se necesita saber para ocupar el puesto y tratan de ejercer un poder semejante al que tendrían si se les hubiese otorgado socialmente la autoridad. Si lo consiguen, puede que ejerzan el poder con abusos o sin ellos. El intrusismo en las profesiones y los impostores que saber hacer bien su papel son ejemplos de este tercer tipo. En estos casos una autoridad ilegítima puede ejercer su poder por un tiempo y hacerlo con o sin mesura.
  • Por último, hay personas que no tienen una verdadera autoridad y tampoco disponen de un saber adecuado, pero cuentan con ciertos resortes que les permiten ejercer un enorme poder y administrarlo a su antojo. Por ejemplo, capos mafiosos, terroristas, militares golpistas, dictadores, etc. En estos casos, una autoridad ilegítima ejerce un poder desmesurado, opresor, arbitrario y tiránico.
3. Autoridad, legitimidad y legitimación

Si reflexionamos sobre esos modos en que se combinan la autoridad y el poder, nos damos cuenta de que la autoridad legítima se basa en dos condiciones principales: un saber y un reconocimiento público basado en ciertas reglas.

Pero además, el modo concreto de ejercer el poder que lleva consigo cualquier autoridad puede dar lugar a que la persona se gane una mayor o menor adhesión y obediencia, una mayor o menor legitimación. Por ejemplo, un gobernante puede haber alcanzado un puesto con total legitimidad, pero ejercer el cargo de un modo abusivo, con el resultado de que no consigue la legitimación que los gobernados podrían otorgarle en forma de apoyo y respaldo a su política. A la inversa, la historia nos muestra muchos ejemplos de individuos que han alcanzado puestos de autoridad sin la debida legitimidad, pero luego han conseguido cierta legitimación, cierta adhesión popular, y de ese modo han podido permanecer en el ejercicio del poder durante largo tiempo.

Legitimidad y legitimación
Legitimidad puede tomarse como término equivalente al de justificación (del Derecho y del Estado); legitimación, por su parte, alude al hecho social de la aceptación o no de una legitimidad.
Elías DíazDe la maldad estatal y de la soberanía popular

4. Autoridad y autoritarismo

Como la autoridad implica el derecho y el poder de mandar y de hacerse obedecer por quienes están sometidos a ella, puede ocurrir a veces que quien tiene autoridad se exceda en el uso de ese poder. En esos casos hablamos de autoritarismo. Con este término nos referimos al abuso de poder por parte de la persona o grupo que tiene la autoridad, tanto si la tiene de forma legítima como ilegítima.

Por lo general, el autoritarismo se asocia a la práctica del poder de una forma absoluta, es decir, sin contrapeso alguno, sin posibilidad de reclamación o de control a quien ejerce el poder por parte de quienes están sometidos al mismo. Los monarcas del Antiguo Régimen y los dictadores son los ejemplos más claros de autoritarismo, a veces llamado «despotismo».

Vemos así que, si bien la autoridad siempre exige obediencia, no debemos confundirla con el poder que la acompaña, ni con las formas abusivas de ejercerlo. La obediencia que demanda la autoridad no impide que se conserve la libertad de quienes obedecen, puesto que la autoridad legítima que ejerce su poder con mesura suele ganarse la obediencia voluntaria de quienes han de obedecerla. A este respecto, Hannah Arendt (1906-1975) afirmaba:

La autoridad implica una obediencia en la que los hombres conservan su libertad.

Sin embargo, puede ocurrir que esta obediencia voluntaria se obtenga por medio de la propaganda, la manipulación y otras artimañas semejantes. En tal caso, la legitimación que se consigue constituye un abuso de poder, y quienes lo cometen incurren en autoritarismo, puesto que impiden al público el acceso a los datos que le permitirían saber la verdad sobre el modo en que esa autoridad está ejerciendo su poder, y de esta manera impiden el control sobre las decisiones que toman. 

jueves, 14 de marzo de 2024

La autoridad de las leyes

Derecho y ética

El derecho tiene, desde luego, mucho que ver con la fuerza, tanto en su nacimiento como en su aplicación, pero también mucho que ver con la ética. La fuerza es, sí, fuerza física, económica, material y hasta armada, pero es también –y ello incluye decisivamente– «fuerza ética», de convicción, de razón, de autoridad moral, de legitimidad. Y el derecho no debe ni puede prescindir de ninguna de las dos.
Se hace, no obstante, necesario señalar que hay dos cosas diferentes, aunque intercomunicadas, que no conviene en modo alguno confundir; una, el derecho, que trata de la legalidad; y otra la ética, que trata de la legitimidad o de la justicia.

Elías Díaz, La sociedad entre el derecho y la justicia

1. Las normas regulan la convivencia

Nuestra convivencia social como parientes, amigos o ciudadanos, así como las relaciones que establecemos unos con otros, sólo son posibles gracias a normas de distinto tipo y con distintas funciones. Las normas definen determinados derechos y deberes, y permiten con ello que sepamos cómo debemos actuar o qué podemos esperar cuando iniciamos una acción. Si decimos «buenos días», esperamos que nuestro interlocutor responda lo mismo; si nos dan un préstamo, sabemos que estamos obligados a devolverlo; si nos comprometemos con otra persona en una relación de pareja, sabemos que aceptamos un conjunto de obligaciones mutuas.
Entre el conjunto de normas sociales, existen algunas que tienen un carácter muy peculiar: son las normas jurídicas. Su peculiaridad consiste en que, en caso de incumplimiento, podemos reclamar la ayuda de la autoridad pública para obligar a que se respeten o para exigir alguna compensación por el incumplimiento. Por ejemplo, si un marido maltrata a su mujer, ella puede acudir a las autoridades (policía, juez, fiscal, etc.) y denunciar el caso para que no vuelva a ocurrir y para exigir una reparación del daño causado.
Existen otros tipos de normas sociales: usos, tradiciones, costumbres, que no tienen carácter jurídico. Por ejemplo, si no seguimos las normas sobre la forma de vestir que se considera «adecuada» en nuestro entorno, nos arriesgamos al rechazo de muchas personas, que pensarán que vestimos de una forma ridícula, pero, por lo general, no estaremos faltando a las normas jurídicas y no seremos denunciados ante las autoridades públicas. Algo parecido ocurre con algunas normas morales. Por ejemplo, si una persona traiciona la amistad que le unía con otra, pero no viola ninguna norma jurídica, no hay delito que denunciar, y aunque se sienta culpable y lamente lo que hizo, no intervendrá la autoridad pública.

2. El sistema jurídico

Se denomina sistema jurídico o derecho al conjunto de normas de conducta de carácter público y obligatorio que vienen respaldadas por la autoridad y el poder del Estado. Cuando hablamos de leyes, normalmente nos referimos a esas normas jurídicas, que son elaboradas por una autoridad pública y publicadas por escrito para establecer cierto orden en la sociedad.
Las leyes que han sido establecidas respetando los procedimientos adecuados y ciertos requisitos razonables (no ser contradictorias, no exigir imposibles, etc.) se consideran legítimas. La autoridad que tienen las leyes es una autoridad política y está basada en su capacidad para mantener el orden social. Sin ese orden que establecen las leyes no podríamos ejercer nuestra libertad. Tendríamos que apoyarnos sólo en la ley del más fuerte o en las estrategias y engaños continuos, con lo que difícilmente se aseguraría el respeto a nuestra libertad y a la libertad de los demás.
De este hecho se deriva la necesidad del Estado, institución encargada de crear y mantener el derecho. Sin un sistema jurídico no estaría asegurado el respeto de las libertades y derechos, y sin un Estado no habría una autoridad con poder para garantizar el cumplimiento de las leyes. El Estado es el encargado de mantener el derecho, y de éste depende el orden social.

3. Legalidad y legitimidad

No toda autoridad es legítima, puesto que a veces se alcanza una posición de autoridad y poder sin cumplir los requisitos adecuados. Esto puede ocurrir también con algunas leyes.
Podemos encontrar, al menos, alguna de las siguientes actuaciones: a) hay leyes o proyectos de leyes que no cumplen los requisitos establecidos por el propio sistema jurídico para ser consideradas válidas; se dice entonces que no se atienen a la legalidad y por ello carecen también de autoridad legítima, carecen pues de legitimidad; b) una determinada ley concuerda por completo con el sistema jurídico y ha sido dictada por la autoridad política competente, de modo que se atiene a la legalidad, pero algunos ciudadanos opinan que tal ley contiene aspectos injustos y abusivos, con lo cual ponen en duda la legitimidad de la misma; c) por último, hay leyes que se atienen a la legalidad y nadie cuestiona su legitimidad; éstas son las que tienen más autoridad ante el conjunto de la población.
Toda ley, mientras permanezca vigente, obliga de forma coactiva. Pero esta coacción debe estar justificada, debe tener una razón de ser. De lo contrario, la fuerza ejercida sobre los ciudadanos sería «una mera fuerza bruta» y produciría resistencia y contestación a corto o a largo plazo.

4. Condiciones de legalidad y de legitimidad de las leyes

La legalidad de una norma depende de que se cumplan unos requisitos y se sigan unos procedimientos para establecerla, mientras que la legitimidad se funda en el contenido de esa norma, es decir, en la justicia de las disposiciones que contiene.
En efecto, las leyes han de atenerse al llamado principio de legalidad, que afirma que toda ley y toda actividad del Estado y sus funcionarios han de estar sometidas a lo establecido por leyes anteriormente dictadas. Pero además el sistema jurídico señala cuál es el rango de cada ley, de modo que las leyes de rango inferior han de ajustarse a lo establecido en las de rango superior. La Constitución es la ley de mayor rango: las demás deben respetar los principios y normas recogidos en ella. La Constitución suele establecer los requisitos para la elaboración, publicación y aplicación de las leyes, así como los pasos que habrán de seguirse si se quiere reformar la propia Constitución.

Isabel II jurando la Constitución de 1841, detalle del cuadro de José Castelaro Perea (Museo de Historia de Madrid): En las monarquías constitucionales el poder del monarca es limitado y regulado por la Constitución, carta magna o ley fundamental de la organización de un Estado.


5. Clases de legitimidad

En cuanto a la legitimidad, a lo largo de la historia han aparecido varias formas de legitimar la autoridad de los gobernantes y de las leyes establecidas por ellos.
El filósofo y sociólogo Max Weber distinguió tres grandes tipos de autoridad. A cada uno de ellos corresponde una clase de legitimidad. En la práctica, lo más habitual son los casos mixtos, en los que se mezclan dos o más de estos "tipos puros".
  • La legitimidad carismática se basa en la autoridad de algún líder o jefe que se la ha ganado por sus cualidades personales. Este tipo de legitimidad permite un amplio margen de arbitrariedad y exige una gran adhesión por parte de los gobernados. La justicia es aquí lo que decide el líder, y la opinión de los gobernados apenas cuenta.
  • La legitimidad tradicional consiste en que la autoridad se justifica por recurso a las costumbres y las tradiciones del país, que pueden tener raíces religiosas, míticas, folclóricas, etc. Aquí la justicia viene definida por los grandes relatos, conocidos por toda la población e interpretados por los gobernantes. La arbitrariedad de los gobernantes y de las leyes es menor que en el modelo anterior, puesto que la opinión de los gobernados habrá de ser tenida en cuenta en algunos casos.
  • Por último, la legitimidad racional-legal es la que corresponde a la autoridad que se basa en las leyes. Es la ley la que define lo que es justo, conforme a lo expresado en ella por los gobernantes y el pueblo. Aquí se reducen las posibilidades de arbitrariedad porque, si las leyes se hacen con cuidado, en ellas se indica cómo debe ejercerse el poder político, qué límites tiene, etc. La opinión de los gobernados ha de ser tenida mucho más en cuenta en este modelo.

jueves, 15 de febrero de 2024

La construcción individual y social del conocimiento

1. La construcción subjetiva del conocimiento

No existe conocimiento sin un sujeto cognoscente, esto es, sin alguien capaz de conocer. Por eso, la pregunta sobre cómo es el conocimiento tiene que partir de estudiar cómo se origina y se desarrolla a nivel subjetivo.
Las sensaciones
Todos los seres vivos tienen en común que son sensibles a los estímulos externos. Aunque cada organismo manifieste esa sensibilidad de distinta manera, los órganos de los sentidos son la estructura mediante la que el sistema nervioso se comunica con el mundo.
Los sistemas sensibles de los organismos responden a cantidades específicas de estímulos. Por ejemplo, la frecuencia del movimiento ondulatorio de las moléculas de aire para que una persona oiga oscila entre 20 y 20.000 hercios. Por debajo o por encima de este umbral no percibiría el sonido. Cada especie animal tiene diferentes grados de captación de los estímulos del medio y, por ello, su experiencia del entorno es distinta.

Numerosas especies pueden percibir considerablemente menos que el ser humano, más otras están provistas de sentidos que nos son del todo extraños. Las palomas mensajeras, las aves migratorias o las abejas cuentan con un sentido magnético; algunos peces llegan a registrar campos eléctricos. Las serpientes cascabel ven en la oscuridad como si portaran una cámara de infrarrojos y, de esta manera, localizan sus presas de sangre caliente.

Penzlin, H.: Mundo real e imagen percibida

Los diferentes tipos de componentes del medio (ondas electromagnéticas, en el caso de la visión, o moléculas químicas, en el caso del olfato) interaccionan continuamente con los sentidos dando lugar al primer nivel de acercamiento a la realidad: las sensaciones. Sin embargo, para empezar a hablar de conocimiento es necesario que esas sensaciones se organicen y tengan un sentido, es decir, se conviertan en una percepción.
La percepción
La percepción del ser humano es un proceso a través del cual organiza, elabora e interpreta la información del medio que le rodea. Percibir es asimilar las sensaciones dándoles un significado.
De esta manera, el acto de percibir supone la participación activa del sujeto, porque cuando percibe está anticipando, construyendo su mundo desde sus experiencias, emociones, conceptos e intereses.
Así, cuando se percibe una manzana, llegan una serie de ondas electromagnéticas a la retina que se traducen en impulsos nerviosos. Inicialmente, la manzana no será recibida por la retina como un objeto único, sino que atenderá a sus componentes: forma, color, orientación, profundidad y su relación con otros objetos del espacio. En el córtex visual del cerebro hay diversas áreas específicas dedicadas a procesar todos estos aspectos; cada característica individual se almacenará en un lugar del cerebro.
A la hora de evocar la manzana se activan todas las neuronas implicadas en el análisis de cada propiedad de la manzana. Ahora bien, la manzana no se percibirá de la misma forma por alguien que lleva días sin comer que por quien acaba de salir del banquete de una boda. La percepción es, por lo tanto, un proceso constructivo.
Este proceso presupone otras facultades intelectuales, como la memoria o la motivación, y los intereses, inquietudes o el contexto social del sujeto.
Pensar el mundo: los conceptos
El conocimiento sensible es el comienzo del proceso de conocimiento. El siguiente paso es el salto hacia la generalización, es decir, hacia la formación de conceptos y, en último término, hacia el pensamiento complejo, que construye razonamientos.
El conocimiento humano trabaja con conceptos. A partir de las percepciones de objetos particulares se construyen conceptos generales, que integran la información particular. Así, por ejemplo, el concepto de gato no hace referencia a ningún felino en concreto, pero recoge las características comunes que comparten e identifican a los gatos. Sin esta capacidad conceptual sería necesario asignar un nombre para cada objeto del universo.
El pensamiento representa los objetos mediante conceptos; por ello, un concepto es la representación mental y simbólica de un objeto, prescindiendo de sus características concretas e individuales, para recoger las que comparte con otros.
En resumen, el proceso de conocimiento comienza con una serie de estímulos externos que se convierten en reacciones orgánicas y que dan lugar a conceptos generales, abstractos, que no tienen correspondencia inmediata con ningún individuo concreto.

2. La construcción social del conocimiento

El conocimiento humano tiene dos aspectos centrales: pretende conocer la realidad y es un producto socialmente construido; esto es, solamente adquiere sentido cuando varios sujetos lo comparten y construyen comunicándose. La sociología del conocimiento analiza la relación entre el pensamiento y el contexto social en el que se origina.
El ser humano es el animal con menor repertorio de instintos; sin embargo, es el que tiene mayor capacidad de aprendizaje en sus primeros años de vida. Esa capacidad de conocer el mundo y de actuar sobre él en función de ese conocimiento han sido su mayor ventaja adaptativa. Ahora bien, ese proceso de adquisición de conocimiento se produce siempre en un contexto social, que le proporciona un orden específico, esto es, unas categorías predeterminadas para entender la realidad.
A través del proceso de socialización se interiorizan las normas sociales, se aprende una serie de hábitos y normas ético-morales que indican cómo comportarse, que estructurarán la conducta. Al mismo tiempo, se adquieren una serie de aprendizajes cognitivos, sobre cómo funciona el mundo.
El aprendizaje de un lenguaje es clave en este proceso, en tanto que nos introduce en las ideas compartidas por los miembros del grupo. A medida que se adquiere, se asimila un universo simbólico, un conjunto de significados que explican, interpretan y ayudan a percibir de forma no problemática ese entorno social.
Así, el conocimiento se da en la sociedad como algo previo (un "a priori") a la experiencia individual, proporcionando a esta última su significado. Esta organización, si bien es particular de una situación histórico-social, se le presenta al individuo como la forma natural de ver el mundo.

martes, 23 de enero de 2024

El proceso del conocimiento: razón y experiencia

1. Introducción

Hay dos cuestiones que preocupan a la filosofía desde sus orígenes. Por una parte, la existencia de un mundo físico real e independiente de la experiencia. Por otra parte, como cuestión fundamental en teoría del conocimiento, una vez afirmada la existencia del mundo, cómo se llegan a conocer sus características y cómo se puede determinar la verdad o precisión de ese conocimiento.

Nuestro conocimiento está codificado por el lenguaje. Éste es el instrumento del que disponen los seres humanos para transmitir e interpretar lo que se conoce. Nos vamos a plantear si es posible pensar o conocer sin tener un lenguaje o si nuestra lengua determina la forma en que interpretamos el mundo.


2. El conocimiento hasta la Edad Moderna: lo universal

De los griegos a la Edad Moderna, el conocimiento es conocimiento universal:

1) En Platón, es un proceso de superación de la información de los sentidos (apariencias) hasta alcanzar las ideas, que son universales y están separadas tanto del individuo que conoce como de las cosas.

2) Para Aristóteles, el conocimiento sigue siendo universal, pero ahora el entendimiento abstrae los rasgos universales a partir de la experiencia particular de los objetos del mundo.

3) En la Edad Media, la preocupación en torno al conocimiento fue la de elaborar esos juicios universales y necesarios.

El conocimiento de la realidad no estaba mediatizado por el sujeto, que se limitaba a recibir pasivamente la información que proporcionan los sentidos. Fue en la modernidad cuando se introdujo la idea de que el conocimiento era resultado de la actividad del sujeto.


3. Dos posturas en la Modernidad: la razón y los sentidos

La aproximación moderna a la idea de conocimiento parte de su comprensión como un proceso en el que intervienen dos elementos: un sujeto, que conoce, y un objeto, que es conocido.

Hay que tener en cuenta, por un lado, las características físicas de los objetos y, por otro, la estructura fisiológica de quien percibe. Muchos animales no ven el color porque no tienen sentidos receptores con los pigmentos adecuados. La percepción del color es una capacidad que en el proceso evolutivo ha aparecido en muchas especies y ha desaparecido en otras.

Los humanos vemos el mundo con una amplia gama de colores, lo que determina nuestra forma de describir, entender y movernos en nuestro entorno. Ahora bien, si ocurre lo mismo con el resto de percepciones de la realidad, ¿vemos el mundo tal como es o tal como somos capaces de verlo?

En el pensamiento moderno, el empirismo y el racionalismo propusieron dos explicaciones divergentes a la cuestión de cómo conocemos:

1) Para el empirismo, el conocimiento comienza y termina con la experiencia, a partir de la información que proporcionan los sentidos.

Los empiristas parten de la idea de que la mente humana es como una página en blanco sobre la que se imprimen todos los conocimientos a partir del contacto con la realidad. Hume distingue entre dos tipos de percepciones: las impresiones, que son inmediatas a la observación del objeto, y las ideas simples, o copias de las impresiones. Las ideas más complejas y abstractas se forman a partir de la asociación de las simples, según unas leyes determinadas.

El empirismo es muy restrictivo con las ideas a las que no corresponde ninguna impresión, como, según Hume, la de causa o la de sujeto.

2) El racionalismo fue la tradición filosófica dominante durante los siglos XVII y XVIII.

Todos los racionalistas comparten la confianza en la razón como el instrumento de los seres humanos para descubrir los procesos que ocurren en la realidad. Los sentidos tienen un papel secundario.

La mente construye la realidad mediante la actividad de la razón, al elaborar las ideas. Por ello, Descartes desconfía de la información sensorial, y busca las ideas innatas (con las que nacen todos los sujetos) y en las que se funda el verdadero conocimiento.

3) Por su parte, Kant plantea una posición conciliadora, de acuerdo con la cual admite con los empiristas la necesidad de la experiencia para conocer, pero coincide con los racionalistas en señalar que el entendimiento aporta conceptos puros, vacíos de contenido empírico, en el proceso de conocimiento.

Para Kant, los sentidos aportan el material del conocimiento, pero es la razón humana quien lo organiza de una forma determinada, común para todos.

Así, establece unas relaciones muy complejas entre sujeto cognoscente y objeto conocido. El sujeto conoce la realidad participando activamente en el proceso, de tal modo que impone sus estructuras mentales al mundo. Por lo tanto, en el conocimiento intervienen ineludiblemente los dos elementos: la razón y los sentidos.

Este debate filosófico está en la base de las modernas investigaciones acerca del conocimiento o de la relación entre lenguaje y pensamiento. Las neurociencias y la psicología han tratado de dar respuesta a esta vieja cuestión de cómo a través de los sentidos nos relacionamos con el mundo. Al mismo tiempo, la sociología y la antropología han tratado de dilucidar la determinación social del conocimiento humano.


Almendro en flor (Van Gogh), Museo Van Gogh de Ámsterdam: El sujeto humano participa activamente en la construcción del conocimiento, pues organiza la información de los sentidos mediante la razón.

lunes, 22 de enero de 2024

David Hume (1711-1776)

Filósofo escocés que defendió la importancia de la experiencia como fuente de todo conocimiento. Destacó el valor de la costumbre en muchos de los conocimiento habituales. Criticó muchos de los conceptos de la metafísica clásica e hizo de la práctica de la duda y del escepticismo una guía para el conocimiento y la acción. Fue uno de los más notables representantes del empirismo británico.

jueves, 21 de diciembre de 2023

La importancia de los nombres: aprender a nombrar

La filosofía se esfuerza en crear nombres precisos y en nombrar con rigor. Por eso, aprender a hacer filosofía exige aprender a nombrar. Es una tarea compleja que encierra una serie de problemas importantes. Veamos algunos de ellos.
Dar un nombre es un acto de extraordinaria importancia. Los dioses daban nombre a cuanto habían creado. Y es que dar un nombre supone reconocer la existencia y la importancia de aquello que se nombra. El nombre es, en cierto modo, un carnet de identidad. Nuestro nombre propio nos identifica como sujetos y como personas, con nuestros deberes, nuestros derechos y nuestra historia.
El acto de nombrar es un combate contra la oscuridad y la imprecisión. Los diccionarios son un reflejo de esta lucha. Aunque parezcan aburridos, son libros vivos: registran los significados de los nombres para que podamos usarlos de un modo preciso.
Por último, dar un nombre supone, casi siempre, advertir que todo nombre tiene una historia. Los nombres son seres vivos que hunden sus raíces en tiempos remotos. Los grandes filósofos, como los grandes poetas y los científicos relevantes, se esforzaron en encontrar nombres y en nombrar de modo adecuado.

Sugerencias para "aprender a nombrar"

Saber nombrar es una tarea muy difícil que puede durar toda una vida, pero en cualquier momento podemos iniciarnos en ella. Aquí te presentamos algunas indicaciones para practicarla. Imaginemos que queremos dar nombre a un objeto que no conocemos. Para ello, podemos realizar las siguientes tareas:

1 - Observar detalladamente aquello que deseamos nombrar para conocer sus rasgos esenciales.

2 - Escribir todos los nombres que se nos ocurran para identificar esos rasgos. Posteriormente podemos ordenarlos según sea su importancia y su adecuación para describir el objeto que queremos nombrar.

3 - Seleccionar dos o tres nombres de nuestra lista y probar cuál de ellos describe mejor lo que estamos nombrando.

4 - Consultar el diccionario para buscar el origen de los nombres que hemos elegido (su etimología), así como las semejanzas (sinónimos) y las diferencias (antónimos) entre ellos.

5 - Elegir, finalmente, un nombre que sirva para describir el objeto en cuestión, y comunicar a los demás nuestra elección para ver si lo entienden y saben emplearlo. Si los demás comprenden nuestra decisión, podemos utilizar ese nombre.

Nombres nuevos, situaciones nuevas

En nuestra época hay nombres que todos usamos incluso aunque no sepamos muy bien lo que significan y que no se conocían a comienzos del siglo pasado, como por ejemplo, ordenador, televisión, antibiótico, tarjeta de crédito, sida.

Emplear nombres prestados

En el lenguaje cotidiano empleamos nombres y expresiones que pertenecen a idiomas distintos del nuestro. Y lo hacemos sin pensar en ello, aunque esto puede plantear algunos problemas de comprensión.

miércoles, 20 de diciembre de 2023

La moda y el ser humano

El actual fenómeno de la moda tiene mucho que ver con lo que sea el ser humano: su personalidad, sus deseos, sus pasiones y sus inquietudes. Quiere darles una respuesta y pretende, como dicen los creadores de moda, que cada uno "se sienta bien".
Podmoes decir que la moda es un conjunto de convenciones que afectan al modo de entender la apariencia del ser humano y de la sociedad en la que vive. Su esencia es el cambio: se modifica cada temporada. Impone unas normas que permiten identificar con su tiempo a quienes las cumplen.
Podemos comparar la moda con una "máquina" de igualar y uniformizar. Los vaqueros son un producto universal que se lleva en todo el mundo. Lo mismo ocurre con determinados trajes o formas de peinado. Hace que hombres y mujeres parezcan clones.
Ahora bien, la moda también pretende destacar algunos rasgos de cada uno de nosotros, y crea, con ellos, una determinada apariencia, o look, que nos da la ilusión de ser la "nuestra". Pero a veces no es así. Y es que la moda equipara la apariencia y la identidad, aunque no sean lo mismo.
Además, la moda combina la mirada propia y la mirada de los otros. En efecto, cuando nos ponemos una ropa determinada, nos sentimos de una manera y deseamos encontrarnos bien con ella. Es decir, crea una mirada sobre nosotros mismo. Pero esta mirada se combina siempre con la que los demás tienen sobre nosotros.
Finalmente, la moda pretende crear imágenes diferentes de cada uno de nosotros. Es como un almacén de disfraces. Seguir la moda supone, en muchas ocasiones, construirse una imagen distinta de sí mismo en cada temporada. Eso nos da la ilusión de modificar nuestra identidad sin que hayamos cambiado nada, pues seguimos siendo lo que somos.