miércoles, 29 de mayo de 2024

Internet: una red de conocimientos

Uno de los desarrollos tecnológicos que más han cambiado el tratamiento de la información, así como la transmisión y el alcance del conocimiento, ha sido internet, en tanto que permite poner al alcance de todo el mundo gran cantidad de información. Probablemente, la característica más sobresaliente del conocimiento en el siglo XXI es la dinamización en la transmisión del conocimiento. Internet tiene muchas ventajas y ningún inconveniente. Nos abre las puertas a cientos de ideas. ¿Dónde está el problema?

La red también ha dejado abierta la puerta a la desinformación. Es cierto que permite acceder a mucha información interesante, pero también contiene muchas opiniones pseudocientíficas y errores.

Internet se ha considerado el espacio más democrático que existe, en tanto que cualquiera puede expresar libremente sus opiniones. Su naturaleza potencialmente anónima, junto con su carácter global, ha facilitado las actividades de delincuentes, organizaciones terroristas, etc. Hay numerosas páginas en las que se muestran violaciones, torturas, actitudes racistas y degradantes para el ser humano, etc.

miércoles, 22 de mayo de 2024

La tradición hedonista

1. El placer como meta

Epicuro de Samos (341 - 270 a.C.), al responder a la pregunta "¿cómo podemos ser felices?", inició la tradición ética hedonista (de hedoné, placer). Esta tradición se asienta sobre tres puntos que ya Epicuro señaló:
  • Todos los seres vivos buscan el placer y huyen del dolor. Por tanto, el móvil del comportamiento animal y humano es el placer.
  • La felicidad consiste en organizar de tal modo nuestra vida que logremos el máximo de placer y el mínimo de dolor.
  • Precisamente porque se trata de alcanzar un máximo, la razón moral será una razón calculadora.
Y por esto decimos que el placer es principio y culminación de la vida feliz. Al placer, en efecto, reconocemos como el bien primero, connatural a nosotros, de él partimos para toda elección y rechazo, y a él llegamos juzgando todo bien, con la sensación como norma.

Epicuro, Carta a Meneceo

2. Hedonismo individual y social

El hedonismo epicúreo es individualista (se trata de lograr el mayor placer individual). Sin embargo, en la Modernidad, el hedonismo se convertirá en social y recibirá el nombre de utilitarismo.
El utilitarismo considera que los seres humanos estamos dotados de unos sentimientos sociales, cuya satisfacción es fuente de placer. Entre ellos cuenta el de simpatía (capacidad de ponerse en el lugar del otro, sufriendo con su sufrimiento, disfrutando con su alegría), que nos lleva a extender a los demás nuestro deseo de obtener la felicidad. El principio de la moralidad es entonces "la mayor felicidad (el mayor placer) para el mayor número posible de seres vivos" y funciona a la vez como criterio para tomar decisiones racionales.

CRITERIO DE RACIONALIDAD UTILITARISTA
Ante dos cursos de acción obra moralmente el que elige aquel cuyas consecuencias proporcionan el máximo placer para el mayor número posible de seres vivos.

3. La razón calculadora

Ahora bien, para calcular placeres es indispensable saber si los hay de distinto tipo:
  • Epicuro distingue entre los que son estables y consisten en la armonía producida por ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación en el alma, y los placeres positivos, como la alegría. Le parecen superiores los primeros porque, si tenemos hambre y la calmamos, se produce el placer de suprimir ese dolor; pero si seguimos comiendo, no aumentamos el placer. Por eso, la razón ha de hacer un cálculo, ponderando qué placeres son más intensos y duraderos, y cuáles producen menos dolor, para obtener así el máximo placer posible.
  • Jeremy Bentham introduce una aritmética de los placeres, siguiendo esta línea del cálculo de placeres. Cree que el placer puede medirse, porque todos los placeres son iguales en cualidad. Por tanto, según la intensidad, duración, proximidad y seguridad, se podrá calcular la mayor cantidad de placer para el mayor número de seres sentientes.
  • Sin embargo, John Stuart Mill considera, frente a Bentham, que los placeres se diferencian por la cualidad (no por la cantidad), de suerte que hay placeres superiores y placeres inferiores. El problema que se presenta entonces es el de determinar quiénes están legitimados para decidir qué placeres son superiores y cuáles inferiores. Mill cree que deben ser aquellas personas que han experimentado a lo largo de su vida ambos tipos de placeres, y considera que estas personas tienen por placeres superiores los intelectuales y morales, mientras que desdeñan como inferiores los que más nos asemejan a los animales. Por eso llega a afirmar que es mejor "ser Sócrates insatisfecho que loco satisfecho": los seres humanos, cual más conscientes y cultos, necesitamos más para ser felices; cuanto más inconscientes y menos cultivados, más fácil es contentarnos con placeres como la comida y la bebida. Sin embargo, más vale no estar plenamente satisfecho que contentarse con los placeres que nos asemejan a los animales.
Los utilitaristas clásicos son fundamentalmente Jeremy Bentham (1748-1832), John Stuart Mill (1806-1876) y Henry Sigdwick (1838-1900). Posteriormente, el utilitarismo ha seguido potente en la obra de autores como Urmson, Smart, Brandt, Lyons, en las teorías económicas de la democracia y ha tenido una gran influencia en el denominado "Estado del bienestar".

martes, 21 de mayo de 2024

Aprender a comparar

Comparar es una forma de conocer. Cuando comparamos, tratamos de crear una nueva relación entre términos que no pertenecen al mismo sistema de relaciones. Por ejemplo, tomando una metáfora platónica, si decimos "El conocimiento es una línea ascendente", estamos poniendo en relación dos conceptos, el de conocimiento y un elemento geométrico (una línea), que pertenecen a ámbitos distintos.
Comparar nos obliga a atender, a un tiempo, a la realidad y a la representación que nos hacemos de ella mediante el lenguaje. Supone jugar con el lenguaje para explorar posibilidades de conocer y de entender la realidad de otro modo. Comparar es crear relaciones nuevas, nunca antes pensadas. En cierta medida, es crear mundos nuevos.
La filosofía necesita crear esas nuevas relaciones, afrontar los problemas con perspectivas nuevas. Saber comparar es necesario para hacer filosofía. En los orígenes de la filosofía, Platón utilizó con frecuencia la comparación. Un filósofo del siglo XX, Henri Bergson, señaló que la metáfora y la comparación son las mejores maneras que tiene la inteligencia humana para aproximarse al conocimiento de la realidad (fundamentalmente el mundo espiritual). Y es que mediante la comparación se crea un mundo paralelo que nos ayuda a entender mejor el real. Asimismo, para Ortega y Gasset, la comparación es un "instrumento mental imprescindible" que nos permite acceder a lo que no podemos conceptualizar.
En toda comparación siempre hay dos términos: el término principal y el subordinado. Si decimos "La ignorancia es una enfermedad", mediante esta comparación atribuimos a la falta de conocimiento las características de las enfermedades. La comparación no establece relaciones entre seres o cosas, sino que atribuye a una cosa las características de otra. La ignorancia y la enfermedad pueden no tener relación alguna, pero ello no nos impide crear un nuevo campo de significaciones. Esta distinción es muy importante, porque gracias a ella podemos acercarnos a la realidad de un modo nuevo. Por ello, para la filosofía es fundamental jugar con las comparaciones, experimentar aproximaciones nuevas en el conocimiento de las cosas.
Cada cultura y cada sociedad tienen sus propias metáforas, también cada época histórica maneja comparaciones distintas. Estas relaciones entre términos ayudan a configurar el universo simbólico en el que nos movemos. Si entendemos las comparaciones de una época o de una cultura la comprenderemos mejor. Por eso es tan importante llevar a cabo este ejercicio de analizar y crear relaciones entre elementos.
Al comparar, hay aspectos de la realidad que se ponen en primer plano frente a otros que quedan relegados. En el ejemplo del conocimiento y la línea, podemos atribuir al conocimiento muchas de las características de este elemento de la geometría (que es un proceso con una dirección, que se puede dividir en etapas), pero no podemos concebir el conocimiento como algo inmediato o que procede de forma divergente, en varias líneas. Por ello, es importante conocer los límites que toda comparación tiene.
Sugerencias para "aprender a comparar"
A continuación, vamos a proponer algunas pautas para aprender a comparar. En realidad, tienen una amplia experiencia, lo practicas cada día. Se trata tan solo de hacerlo de un modo más reflexivo:
➀ Busca una comparación sobre la que trabajar y atiende a las dos realidades que se comparan (por ejemplo, "El amor es ciego").
➁ Analiza qué tipo de similitudes se establecen en la comparación entre ambos elementos. Por ejemplo, se puede amar sin conocer realmente a la persona amada.
➂ Busca rasgos significativos de ambas realidades que no hayan sido considerados, y ensaya nuevas relaciones con propiedades positivas o negativas. Por ejemplo, en el amor se elige a alguien parecido, etc.
➃ Rompe las relaciones simbólicas dadas, creando ejemplos en los que se cumple la metáfora. Por ejemplo, "El amor entra por los ojos".
➄ Con el resultado de estos ensayos, haz una lista de aspectos con los que se puede jugar. Busca la forma de organizarlos. Por ejemplo, el amor se parece a ir caminando juntos o es un callejón sin salida.
➅ Crea una comparación distinta, a partir de esos criterios de organización que han ensayado. Por ejemplo, "El amor es un viaje".
➆ No olvides señalar los límites que toda comparación tiene, incluso la que tú has creado.

lunes, 20 de mayo de 2024

La ética de los estoicos

1. Introducción

La Ética trata de establecer los principios y las normas de la conducta humana; pero, ¿qué sentido pueden tener dichas normas y principios si todas las personas se encuentran sometidas al indefectible orden del Cosmos? Si las pasiones, los proyectos, los deseos... de los seres humanos se encuentran regidos inexorablemente por la razón cósmica, ¿dónde queda la libertad?, y si la libertad no existe, ¿qué sentido puede poseer la Ética? ¿Cómo conjugar la libertad y la responsabilidad humanas con la providencia y el Destino que determina y ordena todas las cosas?
La Filosofía estoica, de modo principal, pretendía responder a estas y a otras preguntas análogas; pero no siempre resulta fácil y, frecuentemente, surgirán numerosas aporías difíciles de justificar.

2. Naturaleza y racionalidad humanas

En los animales es innata la tendencia según la cual se dirigen hacia sus propios fines, pues a ellos los instintos les orientan de acuerdo con la naturaleza. Pero a los seres racionales les ha sido dada la razón para que se orienten de modo más perfecto, a fin de que viviendo de acuerdo con ella, vivan también rectamente conforme a la naturaleza, pues la razón es la directriz y guía de los instintos.
Diógenes Laercio, Carta a Meneceo

Según los estoicos, todos los seres propenden a comportarse conforme a sus tendencias naturales, pues dichas tendencias les orientan de modo infalible hacia su fin propio y adecuado. En este sentido, la tendencia fundamental que se observa en los animales es el instinto de conservación (y no el del placer, como decían los epicúreos) y en consonancia con este instinto se sienten inclinados a buscar lo que les conviene. Ahora bien, ¿qué sucede en el caso del ser humano? ¿En qué consiste su tendencia natural?
En tanto en cuanto animal, como el resto de los animales, la tendencia propia de los seres humanos no puede consistir sino en procurar conservar la vida. Pero, por encima de su ser animal, el ser humano es, también, racional, y en tanto que racional se mueve en otro plano, a saber: posee la tendencia natural a conocer la verdad y a vivir de acuerdo con las exigencias propias de la razón (es decir, de la propia naturaleza racional). Por tanto, puesto que para los estoicos la naturaleza no hace nada en vano, si el ser humano posee por naturaleza dichas tendencias, el ejercicio de éstas le conducirá a su fin, su bien y su perfección; en consecuencia, el bien de los seres humanos vendrá dado por el conocimiento de la verdad y por el comportamiento racional.

3. El bien y la virtud
Desde la perspectiva moral, los estoicos diferenciaron tres clases de cosas, a saber: las buenas, las malas y las indiferentes (ἀδιἀφορα, adiáfora).

Dicen que entre las cosas, unas son buenas, otras malas y otras ni malas ni buenas. Son buenas las virtudes: prudencia, justicia, fortaleza, templanza y otras semejantes; son malas, las opuestas a éstas: la imprudencia, la injusticia, etc. Y son neutras las que ni aprovechan ni dañan: la vida, la salud, el deleite, la belleza, la fuerza, la riqueza, la gloria, la nobleza y los opuestos a éstos, como son la muerte, la enfermedad, las molestias, la fealdad, la debilidad, la pobreza, el bajo linaje y otras semejantes... Y así como es propio del calor calentar y no enfriar, es propio del bien beneficiar y no perjudicar; pero las riquezas y la salud no son más provechosas que dañosas, luego ni las riquezas ni la salud son bienes.
Diógenes Laercio, Carta a Meneceo

De acuerdo con nuestras propias tendencias naturales, debemos preferir los bienes y rechazar los males. Así pues, el bien supremo de los seres humanos es la virtud; en el fondo, virtud y bien son una y la misma cosa: la virtud consiste en comportarse de acuerdo con la razón, por tanto, los seres humanos son virtuosos cuando obran racionalmente. De este modo, puesto que existe un solo saber (se es o no se es sabio), la virtud también será única y cuando aludimos a una pluralidad de virtudes, no pretendemos sino designar los diferentes puntos de vista desde los que podemos considerar aquélla; a este respecto, los estoicos enumeran junto a virtudes, como la prudencia, constancia, sabiduría, templanza, etc., otras como la dialéctica y la física.

4. Las pasiones y el mal

Del error proviene la perversión de la mente y por ello surgen muchas pasiones o perturbaciones; pues según Zenón, la perturbación o pasión es un movimiento irracional y contrario a la naturaleza del alma o, lo que es igual, una tendencia desorganizada.
Diógenes Laercio, Carta a Meneceo

La virtud nos conduce hacia nuestra perfección; las pasiones, en cambio, perturban nuestra razón y nos llevan hacia el mal o, expresado de modo más sencillo, la virtud es moralmente buena, las pasiones moralmente malas. Ahora bien, ¿de dónde surgen las pasiones? Según los estoicos, las pasiones se originan en nuestra alma a causa de determinados errores, a causa de un uso inadecuado de la facultad racional; las pasiones son opiniones o juicios precipitados, irreflexivos, equivocados...
De acuerdo con la filosofía estoica, ciertas cosas dependen de nosotros, pero otras no; dependen de nosotros las cosas buenas y las malas, es decir, la prudencia, la justicia, el valor, etc., y la imprudencia, la ignorancia, la cobardía, etc.; y no dependen de nosotros las cosas indiferentes, esto es, la muerte, la salud, la fealdad, las riquezas y otras semejantes. En consecuencia, debemos preocuparnos por procurar las cosas buenas y por evitar las malas, ya que están subordinadas a nosotros, pero no por las cosas indiferentes, que no dependen de nosotros.
Las cosas indiferentes guardan una estrecha relación con nuestros errores y nuestras pasiones, ya que tanto éstas como aquéllos proceden de una inclinación inadecuada (de un deseo inadecuado) hacia ellos. Ahora bien, más que dichas cosas en sí, lo que realmente perturba a los seres humanos y agita sus pasiones son las opiniones erróneas que de ellas se tienen; por ejemplo, el mal no es la muerte, sino la preocupación por la muerte, no la pobreza, sino los deseos desmesurados de riqueza, no la enfermedad, sino el miedo al sufrimiento; o sea, lo que perturba a los seres humanos es su preocupación por las cosas exteriores ajenas a ellos mismos: salud y muerte, pobreza y riquezas, poder, etc.

5. La ataraxia
Las pasiones surgen a causa del error de la razón; pero, a su vez, conducen a mantener y a reforzar éste, privando o dificultando a la razón el ejercicio correcto de su actividad propia; por tanto, ¿cómo librarnos de ellas? La respuesta de los estoicos era contundente: siendo sabios. El sabio no es víctima de las ilusiones de la pasión, porque sabe juzgar rectamente, es decir, de acuerdo con las exigencias de la razón universal (o, lo que es lo mismo, de acuerdo con la naturaleza, la providencia o el orden del cosmos) y, en consecuencia, es virtuoso: el sabio no es avaricioso, ni se deja llevar por la alegría ni la tristeza, no conoce el egoísmo ni la piedad, ni teme al dolor ni a la muerte, etc., pues permanece indiferente a los bienes externos.

A este respecto, los estoicos predicaban la "tranquilidad de ánimo", la "imperturbabilidad" o ataraxia (ἀταραξία) como dominio sobre las pasiones y la apatía (ἀπάδεια) como su eliminación. Así pues, el sabio es virtuoso y su virtud consiste en la ataraxia y la apatía, así como en vivir sin temores ni afectos.


"Quien es prudente es también temperante, quien es temperante es constante, quien es constante es también imperturbable, quien es imperturbable está exento de tristeza, quien está exento de tristeza es feliz y la prudencia basta para hacer la vida venturosa." A esta serie de deducciones responden algunos peripatéticos que la imperturbabilidad y la exención de tristeza debe interpretarse en el sentido de que se llame imperturbable, a quien raramente se perturba y de manera moderada y hombre triste al que no es propenso a entristecerse y no a quien nunca se turba ni entristece, pues afirmar que existe alguien inmune a la tristeza sería negar la naturaleza humana. Los peripatéticos, pues, no arrancan las pasiones, las moderan. Es, empero bien poca cosa. "Yo no comprendo cómo una media enfermedad puede ser saludable y útil".
Séneca, Cartas morales a Lucilio

6. Conclusiones
Los estoicos predicaban la ataraxia; pero, ¿es ésta posible? ¿Es humana? Creemos que la respuesta a ambas preguntas debe ser negativa; en este sentido, Epicteto, uno de los más importantes representantes del estoicismo romano, nos dijo lo siguiente:

Mostradme un estoico, si tenéis alguno, ¿dónde o cómo? Son millares quienes repiten las frases estoicas, ¿acaso no sucede lo mismo con las epicúreas y las peripatéticas? Entonces ¿quién es estoico? Mostradme uno que sea dichoso en la enfermedad, que se encuentre dichoso en el peligro, que sienta felicidad a la hora de la muerte, que despreciado y calumniado aún sea feliz. Pero si no podéis presentarme a nadie modelado así, al menos, mostradme alguien que comience a modelarse de este modo. ¡Hacedme este favor! No privéis a este anciano de ver un espectáculo que hasta ahora no ha podido gozar de él.
Epicteto, Disertaciones

Vemos, pues, que, en el fondo, el sabio, como los estoicos lo concebían, no existe, no puede existir, por eso, ellos mismos se vieron obligados a corregir sus aspiraciones maximalistas y a contentarse con otras más modestas; por ejemplo, señalando los comportamientos más aceptables de las personas o manteniendo que, aun entre las cosas indiferentes, unas son preferibles a otras, por ejemplo, la salud, la riqueza, el arte, la buena suerte, etc. Por otra parte, el sabio estoico, al contrario que el epicúreo, propendía a intervenir en la sociedad y a tomar parte en sus instituciones, lo cual, indudablemente, suponía que se hallaba dispuesto a tener en cuenta las circunstancias concretas, esto es, los problemas y las preocupaciones de sus conciudadanos.
En resumen, es conveniente discernir entre un plano ideal y otro real, entre una moral teórica y otra práctica, entre la moral a que se aspira y la realmente vivida; en este aspecto, la doctrina estoica puede significar un adecuado freno a la desmedida preocupación por el lujo, la riqueza o al incontinente hedonismo de nuestra época; pero más allá de estas beneficiosas influencias nos parece una exageración sobrehumana (o antihumana); la persona, creemos, debe vivir preocupada por las cosas cotidianas y por su futuro, ha de ser capaz de disfrutar con las alegrías de sus amigos y familiares y entristecerse con las desgracias de quienes le rodean y, en fin, ha de procurar ser más bien simpático que apático y preferiblemente voluntarioso que abúlico. 

sábado, 18 de mayo de 2024

La tradición kantiana

1. La razón práctica

A fines del siglo XVIII, Immanuel Kant propone un criterio moral distinto a los precedentes en la historia de la filosofía. Considera evidente que los seres humanos desean ser felices y que para lograrlo han de hacer uso de una razón prudencial y calculadora. Sin embargo, como las personas imaginamos nuestra felicidad de formas distintas, una razón de este tipo no puede formular sino consejos: teniendo en cuenta cómo es una persona, aconsejarle qué debe hacer para ser feliz.

Pero las personas tenemos conciencia de que hay determinados mandatos que debemos seguir, nos haga o no felices obedecerlos. Cuando digo que "no se debe matar" o que "no hay que ser hipócrita", no estoy pensando en si seguir esos mandatos hace feliz, sino en que es inhumano actuar de otro modo. El asesino, el hipócrita no están actuando como auténticas personas.

Nuestra propia razón es la que nos da leyes sobre cómo comportarnos para ser personas auténticas. Por eso, esas leyes mandan sin condiciones, no prometen la felicidad a cambio: sólo prometen realizar la propia humanidad. De ahí que se expresen como mandatos (imperativos) categóricos, incondicionados, y no simplemente hipotéticos, condicionados a que alguien quiera ser feliz de un modo u otro. Ser persona es por sí mismo valioso, y la meta de la moral consiste en querer serlo por encima de cualquier otra meta: en querer tener una buena voluntad. La razón que da esas leyes morales no es la prudencial ni la calculadora, sino la razón práctica, que orienta la acción de forma incondicionada.

2. El test del imperativo

Para saber que una norma es una ley moral, dada por la razón práctica, y que puede, por tanto, expresarse como un imperativo categórico (como un mandato incondicionado), Kant propone someter cada norma a un test, que tiene tres pasos:

① Universalidad: Será ley moral aquella que yo creo que todos los seres humanos deberían cumplir, porque respeta y promociona a seres que no valen para otra cosa (relativamente valiosos), sino que son valiosos en sí mismos (absolutamente valiosos). De ahí el sentido del segundo paso del test.
② Ha de protegerse a seres que son fines en sí mismos por tener valor absoluto y que, por lo tanto, no deben ser tratados como simples medios. Los únicos seres que son fines en sí son los seres racionales.
③ Ha de valer  como norma para una legislación universal en un reino de los fines. Dicho de otra forma: para dilucidar si una norma es una ley moral, he de comprobar si querría que estuviera vigente en un reino en que todos los seres racionales se trataran entre sí como fines y no como medios. Es decir, que no se manipularan recíprocamente.

  Formulaciones del imperativo categórico  

Los tres pasos de este test se recogen en las llamadas formulaciones del imperativo categórico:

a) Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.
b) Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio.
c) Obra por máximas de un miembro legislador universal en un posible reino de los fines.
 
3. Autonomía y dignidad humana

Si las personas somos capaces de darnos este tipo de leyes, que nos permiten superar el egoísmo y asumir la perspectiva de la universalidad, es decir, si somos capaces de ponernos en el lugar de cualquier otra persona a la hora de decidir si las acciones son morales o inmorales, entonces es que somo autónomas y no heterónomas. Es autónomo el que no se rige por lo que le dicen, pero tampoco sólo por sus apetencias o por sus instintos, que al fin y al cabo él no elige tener, sino por un tipo de normas que cree que debería cumplir cualquier persona, le apetezca a él cumplirlas o no. Esas normas serán las propias de cualquier ser humano: nuestras normas.

Un ser capaz de actuar de este modo y que es valioso en sí mismo no puede venderse en el mercado por un precio, porque para eso habría que fijarle un equivalente. Podemos intecambiar un kilo de manzanas por un bolígrafo, pero, ¿por qué podemos intercambiar a un ser humano?, ¿cuál es su equivalente?, ¿cuál es su precio? La respuesta de Kant es clara: los seres humanos no tienen precio, no pueden intercambiarse por un equivalente, sino que tienen dignidad. Son dignos de todo respeto.

Todas las éticas actuales aceptan esta afirmación kantiana de que las personas son absolutamente valiosas, fines en sí, dotadas de dignidad y no intercambiables por un precio. 

viernes, 17 de mayo de 2024

La tradición dialógica

1. Del monólogo al diálogo

En ética, la tradición dialógica arranca de Sócrates (siglo V a.C.) y pasa por el personalismo de autores como Martin Buber (siglo XX). Actualmente resurge con fuerza en la ética discursiva creada por Karl Otto Apel y Jürgen Habermas, que tiene -entre otras- la peculiaridad de intentar "poner en diálogo" la ética kantiana. Creen ambos autores que la aportación kantiana es óptima, pero adolece de un defecto: considera la racionalidad moral "monológica", cuando en realidad es dialógica. Las personas no llegamos a la conclusión de que una norma es ley moral o es correcta individualmente, sino a través del diálogo con los demás. Ahora bien, ¿a través de cualquier diálogo?

2. El test del discurso

Supongamos que ponemos en cuestión una de las normas que hemos dado por buenas hasta el momento y que queremos averiguar si el moralmente correcto o no. Si fuéramos kantianos estrictos, la someteríamos al test del imperativo categórico, pero la ética discursiva propone someterla a un diálogo entre los afectados por la norma, que recibirá el nombre de discurso y se atendrá a algunas reglas.

Ahora bien, para comprobar, tras el discurso, si la norma es correcta, habrá de atenerse a dos principios:

🝕 El principio de universalización, que es una reformulación dialógica del imperativo kantiano de la universalidad. "Una norma será válida cuando todos los afectados por ella puedan aceptar libremente las consecuencias y efectos secundarios que se seguirían, previsiblemente, de su cumplimiento general para la satisfacción de los intereses de cada uno".

🝕 El principio de la ética del discurso, que es una reformulación dialógica de la autonomía kantiana. "Sólo pueden pretender validez las normas que encuentran (o podrían encontrar) aceptación por parte de todos los afectados, como participantes en un discurso práctico".

3. Reglas del discurso

☀ Cualquier sujeto capaz de lenguaje y acción puede participar en el discurso.
☀ Cualquiera puede problematizar cualquier afirmación.
☀ Cualquiera puede introducir en el discurso cualquier afirmación.
☀ Cualquiera puede expresar sus posiciones, deseos y necesidades.
☀ No puede impedirse a ningún hablante hacer valer sus derechos, establecidos en las reglas anteriores, mediante coacción interna o externa del discurso.



4. Comunicación: no estrategia

La norma sólo se declarará correcta si todos los afectados por ella están de acuerdo en darle su consentimiento, porque satisface, no los intereses de la mayoría o de un individuo, sino intereses universalizables. El acuerdo al que lleguemos no será un pacto estratégico, en el que los interlocutores se instrumentalizan recíprocamente para alcanzar cada uno sus metas individuales, sino el resultado de un diálogo en el que se aprecian recíprocamente como interlocutores igualmente facultados, y tratan de llegar a un acuerdo que satisfaga intereses universalizables. Esto significa que la racionalidad de los pactos es racionalidad instrumental, mientras que la racionalidad de los diálogos es comunicativa y tiene en cuenta los intereses de todos.

Evidentemente, en ocasiones habremos de servirnos de estrategias, pero sólo actúa moralmente el que lo hace tratando de establecer las bases de una sociedad en que sea posible la comunicación transparente, sin peligro para nadie.

5. ¿De qué somos dignos?

Hablar de "dignidad humana" carece de sentido si no aclaramos de qué somos dignos. La ética del discurso afirma que cada persona ha de reconocerse como interlocutor válido en cuantas normas le afecten. Por lo tanto, cuando se delibere sobre la corrección de esas normas, somos dignos de ser tenidos en cuenta en las decisiones: tenemos que poder participar en los diálogos en las condiciones más próximas posible a la simetría.

sábado, 11 de mayo de 2024

Sensaciones y conceptos

Nuestra naturaleza conlleva que la intuición solo pueda ser sensible, es decir, que no contenga sino el modo según el cual somos afectados por objetos. La capacidad de pensar el objeto de la intuición es, en cambio, el entendimiento. Ninguna de estas propiedades es preferible a la otra: sin sensibilidad ningún objeto nos sería dado y, sin entendimiento, ninguno sería pensado. Los pensamientos sin contenido son vacíos; las intuiciones sin conceptos son ciegas. Por ello es tan necesario hacer sensibles los conceptos (es decir, añadirles el objeto en la intuición) como hacer inteligibles las intuiciones (es decir, someterlas a conceptos).

Immanuel Kant, Crítica de la razón pura