sábado, 29 de junio de 2024

¿Qué es una teoría ética?

1. El objeto de la ética

La ética o filosofía moral trata de aclarar en qué consiste lo moral, por qué hemos de comportarnos moralmente y qué consecuencias podemos sacar de la respuesta a esta pregunta para la vida cotidiana. Le preocupa averiguar, por tanto, cuál es la racionalidad de lo moral.
Esto no significa que la ética vaya a considerar a las personas como si sólo fueran seres racionales: los seres humanos poseemos -como dice Xavier Zubiri- una inteligencia sentiente, somos a la vez sentimiento y razón; de forma que ni nuestros sentimientos son puramente irracionales ni nuestra razón fría e insensible. Y esto se muestra con toda claridad en el ámbito moral, en el que hemos de realizar elecciones, porque, al elegir, se ponen en movimiento tanto nuestra capacidad de desear como nuestra inteligencia y razón: si tomamos decisiones es porque deseamos cosas, pero también deseamos hacer elecciones razonables.

2. Diversidad de teorías

Sin embargo, para explicar cuándo una elección es moralmente razonable han nacido distintas teorías éticas, cada una de las cuales ha ofrecido un criterio de racionalidad.

Conocer los criterios de racionalidad tiene la ventaja de que podemos contar con ellos ante los problemas morales. Porque lo importante no será sólo percatarse de que tales problemas existen, sino también aprender a tomar ante ellos buenas decisiones: decisiones humanizadoras, que cuenten con el sentimiento y la razón.

La elección es o inteligencia deseosa o deseo inteligente, y esta clase de principio es el hombre. 
Aristóteles



3. Felicidad y dignidad

Las principales teorías éticas pueden dividirse en dos grupos:
  • Las dos primeras -la aristotélica y la hedonista- nacen en Grecia, en el siglo IV a.C., con la convicción de que la moral consiste en la búsqueda de la felicidad. Por eso -piensan- la ética ha de descubrir qué tipo de racionalidad nos llevará a conseguirla y qué criterio ha de utilizar esa racionalidad.
  • Las dos segundas teorías -la kantiana y la dialógica- surgen, respectivamente, a fines del siglo XVIII y en el último cuarto del XX. Aunque para ambas resulta obvio que los seres humanos deseamos ser felices, consideran que no es ése el verdadero problema moral: la verdadera cuestión moral es si existe algún tipo de seres a los que no se debe manipular, a los que hay que reconocer una dignidad, y qué criterio debemos aplicar al tomar decisiones para respetar realmente esa dignidad.   

viernes, 28 de junio de 2024

La ciencia y la pregunta por la naturaleza

1. Introducción

La ciencia es un modo de conocimiento derivado de los hechos de la experiencia. Aspira a formular leyes y teorías dotadas de rigor y objetividad. Para ello, se sirve del método hipotético-deductivo, basado en la formulación matemática y en la experimentación.

En el último siglo, el desarrollo científico y técnico ha sido tan espectacular que ha transformado el entorno humano y ha suscitado nuevos modos de pensar. En consecuencia, ha abierto nuevos problemas filosóficos.

2. La necesidad de explicarse el mundo

El ser humano siempre ha querido explorar su entorno para satisfacer su curiosidad y responder a la necesidad de sentido. Al principio, se preocupó por lo más próximo a su experiencia. Luego, al distanciarse de la realidad, se preguntó por el universo y el orden de las cosas. A partir de estas preguntas, el ser humano construyó cosmogonías.

A continuación, buscó nuevos instrumentos para ampliar y mejorar la exactitud de sus observaciones, y desechó las opiniones poco rigurosas. Se preguntó por la existencia de algún principio o ley que explicase la regularidad de los acontecimientos. Así nació una primera ciencia del universo o cosmología. En ella se da una integración de la física, las matemáticas y la astronomía.

La cosmología es la parte de la filosofía que estudia el mundo físico. Sus resultados proporcionan una imagen general del mundo. La cosmología es una reflexión crítica, y a lo largo de la historia ha revisado siempre estas imágenes y se ha preguntado por los métodos utilizados. Una de las primeras cuestiones que se planteó fue la relación entre la razón y los sentidos, entre la teoría y la observación. El método científico propiamente dicho surgió como un ensamblaje de ambas, y provocó la sustitución de la cosmología por lo que hoy llamamos ciencia.

3. La ciencia

Se entiende por ciencia "una actividad humana que da lugar a un cuerpo sistemático y organizado de conocimientos que hace uso de leyes y principios generales" (Marx W. Wartofsky). Pero no todas las disciplinas que llamamos científicas satisfacen por igual estos requisitos. No es lo mismo explicar un fenómeno meteorológico que demostrar un teorema matemático o que comprender una emoción.

El problema de la demarcación, o de la delimitación de lo que es y no es ciencia, ha sido siempre una cuestión importante para los científicos. Tradicionalmente, se ha considerado a la física el modelo de ciencia, porque se presta mejor a la verificación empírica de los enunciados. Así, los rasgos característicos de la ciencia son la contrastación con la realidad y la precisión en la formulación, a ser posible matemática.

La ciencia parte del supuesto de la regularidad de los acontecimientos. Si no fuera así, no se podrían formular las leyes que son, al fin y al cabo, expresiones del orden. Sin embargo, tampoco este orden es en principio absoluto, e incluso también el caos y la indeterminación pueden ser expresados mediante las matemáticas.

4. Los diferentes tipos de ciencias

Se suelen clasificar las ciencias en virtud de su objeto de estudio y del método utilizado. Cada modelo de ciencia utiliza una clase específica de enunciados a la que corresponde también un criterio de verdad. Veamos las distinciones más claras entre estos tipos de ciencias.

1) Las ciencias formales

La lógica y las matemáticas, fundamentalmente, no se refieren a objetos observables por los sentidos y no ofrecen, por tanto, información sobre el mundo. Son, precisamente por ello, universales y necesarias. Encuentran su consistencia en la propia coherencia de la razón que las construye.

Sus enunciados se llaman "de razón" o "a priori", porque son construidos por la razón con anterioridad a la experiencia. Un ejemplo es "El todo es mayor que las partes": no hace falta medir los objetos para percatarse de su verdad. Estas ciencias proceden por deducción.

2) Las ciencias empíricas

La física, la biología, etc., parten de la observación de los hechos y, por lo tanto, aportan información sobre el mundo. Por lo mismo, no son universales ni necesarias; son generalizaciones de la experiencia.

Sus enunciados se llaman "de hecho" o "a posteriori", pues se forman a partir de los hechos de la experiencia. Un ejemplo es la ley de la gravedad de Newton, considerada absoluta en su tiempo, pero superada hoy por la teoría de la relatividad de Einstein. La verdad consiste en la correspondencia de lo que se afirma con la realidad, y su método propio es el método hipotético-deductivo.

3) Las ciencias sociales

La historia, la psicología, la economía, etc., son un grupo particular dentro de las ciencias empíricas. Su objeto de estudio son los hechos humanos, caracterizados por la intencionalidad, algo que no es observable. Además, en casi todas estas ciencias, uno mismo es a la vez observador y objeto observado. Por tanto, son ciencias con una capacidad de generalización y de predicción menor y una neutralidad y una objetividad relativas.

En algunas de estas ciencias no se busca tanto una explicación cuanto una comprensión. La explicación busca las causas de los fenómenos, mientras que la comprensión intenta captar su sentido. La hermenéutica es el método propuesto con esta finalidad comprensiva.

miércoles, 5 de junio de 2024

La tradición aristotélica

1. El fin último

Aristóteles parte de un hecho: los seres humanos realizamos nuestras acciones y elecciones por un fin -ser felices- y, por tanto, la felicidad es el fin último que nos proponemos por naturaleza, es decir, de forma inevitable. Pero, además, como somos seres dotados de razón (lógos), actuaremos de acuerdo con ella si, en vez de tomar decisiones precipitadas, deliberamos serenamente y elegimos con inteligencia los medios que conducen a la felicidad. Quien así actúa ejercita la virtud de la prudencia.

2. La persona prudente

Es prudente quien, al elegir, no tiene en cuenta sólo el momento concreto, sino lo que le conviene para el conjunto de su vida. Por eso sopesa los bienes que puede conseguir y establece entre ellos una jerarquía, para obtener en su vida el mayor bien posible. Quien elige pensando sólo en el presente y no en el futuro es imprudente.
Por otra parte, el prudente se propone siempre fines buenos, a diferencia de quien sólo es hábil. Alguien puede ser habilidoso en suministrar venenos y emplear su habilidad para matar. El prudente emplea sus habilidades para fines buenos; en este caso, para sanar. Pero, además, domina otras dos artes:
  • Aplicar los principios morales, que se captan por una intuición intelectual, a los casos concretos. En moral es imprescindible saber aplicar lo general a las situaciones concretas con prudencia, porque cada caso es irrepetible.
  • Discernir qué deseos deben ser satisfechos, porque su satisfacción proporcionará felicidad, y cuáles no (por ejemplo, el deseo de asesinar, de ser hipócrita y servil). Y, en los que deben ser satisfechos, hasta dónde: cuál es el criterio de racionalidad.
Criterio de racionalidad prudencial
Así pues, todo conocedor rehúye el exceso y el defecto, y busca el término medio y lo prefiere; pero el término medio no de la cosa, sino el relativo a nosotros.
Aristóteles

3. El término medio

Según Aristóteles, el valor es un término medio entre la temeridad (exceso) y la cobardía (defecto); la templanza, un término medio entre la vida licenciosa (uso excesivo de los sentidos) y la insensibilidad (uso insuficiente de los sentidos); la generosidad, un término medio entre el despilfarro y la tacañería, y así en las restantes virtudes.
Obra racionalmente -hace uso de una recta razón- quien elige el término medio entre el exceso y el defecto, porque en eso consiste la virtud. Pero no el medio aritmético, sino el que es oportuno para cada uno de nosotros. Una persona habituada a comer mucho puede desfallecer de hambre con lo que le basta a otra que come poco. Un principiante en un deporte puede quedar agotado con un tiempo de entrenamiento insuficiente para un campeón. 

4. Adquirir la prudencia

Para ser prudente es necesario tener ya una aptitud, pero además entrenarse:
  • Saber recordar: La prudencia se funda en la experiencia. Podemos hacer que mejore nuestra vida presente recordando las enseñanzas de la pasada. La memoria es aquí el arte de conservar los recuerdos que se pueden necesitar más tarde.
  • Instruirse: Aprender cuáles son los medios más adecuados en cada caso. El prudente estudia y se informa.
  • Ser circunspecto: Tener en cuenta el mayor número de circunstancias posibles a la hora de tomar una decisión. Los principios son importantes, pero los datos de la situación son fundamentales para tomar decisiones racionales.
  • Agudizar la capacidad para prever el porvenir. Las personas decidimos en condiciones de incertidumbre; así, quien tiene un sexto sentido para prever el futuro hará elecciones más razonables.
Éstas son las características de una racionalidad moral entendida como racionalidad prudencial, tal como Aristóteles las expuso en su Ética a Nicómaco. Esta propuesta ha permanecido hasta nuestros días, con especial vigencia en la Edad Media, en filosofías como las de Averroes (siglo XII) o Santo Tomás de Aquino (siglo XIII). Hoy surge con fuerza en el llamado "movimiento comunitario" (Alasdair MacIntyre, Michael Walzer, Benjamin Barber) y en la hermenéutica (Hans-Georg Gadamer).

miércoles, 29 de mayo de 2024

Internet: una red de conocimientos

Uno de los desarrollos tecnológicos que más han cambiado el tratamiento de la información, así como la transmisión y el alcance del conocimiento, ha sido internet, en tanto que permite poner al alcance de todo el mundo gran cantidad de información. Probablemente, la característica más sobresaliente del conocimiento en el siglo XXI es la dinamización en la transmisión del conocimiento. Internet tiene muchas ventajas y ningún inconveniente. Nos abre las puertas a cientos de ideas. ¿Dónde está el problema?

La red también ha dejado abierta la puerta a la desinformación. Es cierto que permite acceder a mucha información interesante, pero también contiene muchas opiniones pseudocientíficas y errores.

Internet se ha considerado el espacio más democrático que existe, en tanto que cualquiera puede expresar libremente sus opiniones. Su naturaleza potencialmente anónima, junto con su carácter global, ha facilitado las actividades de delincuentes, organizaciones terroristas, etc. Hay numerosas páginas en las que se muestran violaciones, torturas, actitudes racistas y degradantes para el ser humano, etc.

miércoles, 22 de mayo de 2024

La tradición hedonista

1. El placer como meta

Epicuro de Samos (341 - 270 a.C.), al responder a la pregunta "¿cómo podemos ser felices?", inició la tradición ética hedonista (de hedoné, placer). Esta tradición se asienta sobre tres puntos que ya Epicuro señaló:
  • Todos los seres vivos buscan el placer y huyen del dolor. Por tanto, el móvil del comportamiento animal y humano es el placer.
  • La felicidad consiste en organizar de tal modo nuestra vida que logremos el máximo de placer y el mínimo de dolor.
  • Precisamente porque se trata de alcanzar un máximo, la razón moral será una razón calculadora.
Y por esto decimos que el placer es principio y culminación de la vida feliz. Al placer, en efecto, reconocemos como el bien primero, connatural a nosotros, de él partimos para toda elección y rechazo, y a él llegamos juzgando todo bien, con la sensación como norma.

Epicuro, Carta a Meneceo

2. Hedonismo individual y social

El hedonismo epicúreo es individualista (se trata de lograr el mayor placer individual). Sin embargo, en la Modernidad, el hedonismo se convertirá en social y recibirá el nombre de utilitarismo.
El utilitarismo considera que los seres humanos estamos dotados de unos sentimientos sociales, cuya satisfacción es fuente de placer. Entre ellos cuenta el de simpatía (capacidad de ponerse en el lugar del otro, sufriendo con su sufrimiento, disfrutando con su alegría), que nos lleva a extender a los demás nuestro deseo de obtener la felicidad. El principio de la moralidad es entonces "la mayor felicidad (el mayor placer) para el mayor número posible de seres vivos" y funciona a la vez como criterio para tomar decisiones racionales.

CRITERIO DE RACIONALIDAD UTILITARISTA
Ante dos cursos de acción obra moralmente el que elige aquel cuyas consecuencias proporcionan el máximo placer para el mayor número posible de seres vivos.

3. La razón calculadora

Ahora bien, para calcular placeres es indispensable saber si los hay de distinto tipo:
  • Epicuro distingue entre los que son estables y consisten en la armonía producida por ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación en el alma, y los placeres positivos, como la alegría. Le parecen superiores los primeros porque, si tenemos hambre y la calmamos, se produce el placer de suprimir ese dolor; pero si seguimos comiendo, no aumentamos el placer. Por eso, la razón ha de hacer un cálculo, ponderando qué placeres son más intensos y duraderos, y cuáles producen menos dolor, para obtener así el máximo placer posible.
  • Jeremy Bentham introduce una aritmética de los placeres, siguiendo esta línea del cálculo de placeres. Cree que el placer puede medirse, porque todos los placeres son iguales en cualidad. Por tanto, según la intensidad, duración, proximidad y seguridad, se podrá calcular la mayor cantidad de placer para el mayor número de seres sentientes.
  • Sin embargo, John Stuart Mill considera, frente a Bentham, que los placeres se diferencian por la cualidad (no por la cantidad), de suerte que hay placeres superiores y placeres inferiores. El problema que se presenta entonces es el de determinar quiénes están legitimados para decidir qué placeres son superiores y cuáles inferiores. Mill cree que deben ser aquellas personas que han experimentado a lo largo de su vida ambos tipos de placeres, y considera que estas personas tienen por placeres superiores los intelectuales y morales, mientras que desdeñan como inferiores los que más nos asemejan a los animales. Por eso llega a afirmar que es mejor "ser Sócrates insatisfecho que loco satisfecho": los seres humanos, cual más conscientes y cultos, necesitamos más para ser felices; cuanto más inconscientes y menos cultivados, más fácil es contentarnos con placeres como la comida y la bebida. Sin embargo, más vale no estar plenamente satisfecho que contentarse con los placeres que nos asemejan a los animales.
Los utilitaristas clásicos son fundamentalmente Jeremy Bentham (1748-1832), John Stuart Mill (1806-1876) y Henry Sigdwick (1838-1900). Posteriormente, el utilitarismo ha seguido potente en la obra de autores como Urmson, Smart, Brandt, Lyons, en las teorías económicas de la democracia y ha tenido una gran influencia en el denominado "Estado del bienestar".

martes, 21 de mayo de 2024

Aprender a comparar

Comparar es una forma de conocer. Cuando comparamos, tratamos de crear una nueva relación entre términos que no pertenecen al mismo sistema de relaciones. Por ejemplo, tomando una metáfora platónica, si decimos "El conocimiento es una línea ascendente", estamos poniendo en relación dos conceptos, el de conocimiento y un elemento geométrico (una línea), que pertenecen a ámbitos distintos.
Comparar nos obliga a atender, a un tiempo, a la realidad y a la representación que nos hacemos de ella mediante el lenguaje. Supone jugar con el lenguaje para explorar posibilidades de conocer y de entender la realidad de otro modo. Comparar es crear relaciones nuevas, nunca antes pensadas. En cierta medida, es crear mundos nuevos.
La filosofía necesita crear esas nuevas relaciones, afrontar los problemas con perspectivas nuevas. Saber comparar es necesario para hacer filosofía. En los orígenes de la filosofía, Platón utilizó con frecuencia la comparación. Un filósofo del siglo XX, Henri Bergson, señaló que la metáfora y la comparación son las mejores maneras que tiene la inteligencia humana para aproximarse al conocimiento de la realidad (fundamentalmente el mundo espiritual). Y es que mediante la comparación se crea un mundo paralelo que nos ayuda a entender mejor el real. Asimismo, para Ortega y Gasset, la comparación es un "instrumento mental imprescindible" que nos permite acceder a lo que no podemos conceptualizar.
En toda comparación siempre hay dos términos: el término principal y el subordinado. Si decimos "La ignorancia es una enfermedad", mediante esta comparación atribuimos a la falta de conocimiento las características de las enfermedades. La comparación no establece relaciones entre seres o cosas, sino que atribuye a una cosa las características de otra. La ignorancia y la enfermedad pueden no tener relación alguna, pero ello no nos impide crear un nuevo campo de significaciones. Esta distinción es muy importante, porque gracias a ella podemos acercarnos a la realidad de un modo nuevo. Por ello, para la filosofía es fundamental jugar con las comparaciones, experimentar aproximaciones nuevas en el conocimiento de las cosas.
Cada cultura y cada sociedad tienen sus propias metáforas, también cada época histórica maneja comparaciones distintas. Estas relaciones entre términos ayudan a configurar el universo simbólico en el que nos movemos. Si entendemos las comparaciones de una época o de una cultura la comprenderemos mejor. Por eso es tan importante llevar a cabo este ejercicio de analizar y crear relaciones entre elementos.
Al comparar, hay aspectos de la realidad que se ponen en primer plano frente a otros que quedan relegados. En el ejemplo del conocimiento y la línea, podemos atribuir al conocimiento muchas de las características de este elemento de la geometría (que es un proceso con una dirección, que se puede dividir en etapas), pero no podemos concebir el conocimiento como algo inmediato o que procede de forma divergente, en varias líneas. Por ello, es importante conocer los límites que toda comparación tiene.
Sugerencias para "aprender a comparar"
A continuación, vamos a proponer algunas pautas para aprender a comparar. En realidad, tienen una amplia experiencia, lo practicas cada día. Se trata tan solo de hacerlo de un modo más reflexivo:
➀ Busca una comparación sobre la que trabajar y atiende a las dos realidades que se comparan (por ejemplo, "El amor es ciego").
➁ Analiza qué tipo de similitudes se establecen en la comparación entre ambos elementos. Por ejemplo, se puede amar sin conocer realmente a la persona amada.
➂ Busca rasgos significativos de ambas realidades que no hayan sido considerados, y ensaya nuevas relaciones con propiedades positivas o negativas. Por ejemplo, en el amor se elige a alguien parecido, etc.
➃ Rompe las relaciones simbólicas dadas, creando ejemplos en los que se cumple la metáfora. Por ejemplo, "El amor entra por los ojos".
➄ Con el resultado de estos ensayos, haz una lista de aspectos con los que se puede jugar. Busca la forma de organizarlos. Por ejemplo, el amor se parece a ir caminando juntos o es un callejón sin salida.
➅ Crea una comparación distinta, a partir de esos criterios de organización que han ensayado. Por ejemplo, "El amor es un viaje".
➆ No olvides señalar los límites que toda comparación tiene, incluso la que tú has creado.

lunes, 20 de mayo de 2024

La ética de los estoicos

1. Introducción

La Ética trata de establecer los principios y las normas de la conducta humana; pero, ¿qué sentido pueden tener dichas normas y principios si todas las personas se encuentran sometidas al indefectible orden del Cosmos? Si las pasiones, los proyectos, los deseos... de los seres humanos se encuentran regidos inexorablemente por la razón cósmica, ¿dónde queda la libertad?, y si la libertad no existe, ¿qué sentido puede poseer la Ética? ¿Cómo conjugar la libertad y la responsabilidad humanas con la providencia y el Destino que determina y ordena todas las cosas?
La Filosofía estoica, de modo principal, pretendía responder a estas y a otras preguntas análogas; pero no siempre resulta fácil y, frecuentemente, surgirán numerosas aporías difíciles de justificar.

2. Naturaleza y racionalidad humanas

En los animales es innata la tendencia según la cual se dirigen hacia sus propios fines, pues a ellos los instintos les orientan de acuerdo con la naturaleza. Pero a los seres racionales les ha sido dada la razón para que se orienten de modo más perfecto, a fin de que viviendo de acuerdo con ella, vivan también rectamente conforme a la naturaleza, pues la razón es la directriz y guía de los instintos.
Diógenes Laercio, Carta a Meneceo

Según los estoicos, todos los seres propenden a comportarse conforme a sus tendencias naturales, pues dichas tendencias les orientan de modo infalible hacia su fin propio y adecuado. En este sentido, la tendencia fundamental que se observa en los animales es el instinto de conservación (y no el del placer, como decían los epicúreos) y en consonancia con este instinto se sienten inclinados a buscar lo que les conviene. Ahora bien, ¿qué sucede en el caso del ser humano? ¿En qué consiste su tendencia natural?
En tanto en cuanto animal, como el resto de los animales, la tendencia propia de los seres humanos no puede consistir sino en procurar conservar la vida. Pero, por encima de su ser animal, el ser humano es, también, racional, y en tanto que racional se mueve en otro plano, a saber: posee la tendencia natural a conocer la verdad y a vivir de acuerdo con las exigencias propias de la razón (es decir, de la propia naturaleza racional). Por tanto, puesto que para los estoicos la naturaleza no hace nada en vano, si el ser humano posee por naturaleza dichas tendencias, el ejercicio de éstas le conducirá a su fin, su bien y su perfección; en consecuencia, el bien de los seres humanos vendrá dado por el conocimiento de la verdad y por el comportamiento racional.

3. El bien y la virtud
Desde la perspectiva moral, los estoicos diferenciaron tres clases de cosas, a saber: las buenas, las malas y las indiferentes (ἀδιἀφορα, adiáfora).

Dicen que entre las cosas, unas son buenas, otras malas y otras ni malas ni buenas. Son buenas las virtudes: prudencia, justicia, fortaleza, templanza y otras semejantes; son malas, las opuestas a éstas: la imprudencia, la injusticia, etc. Y son neutras las que ni aprovechan ni dañan: la vida, la salud, el deleite, la belleza, la fuerza, la riqueza, la gloria, la nobleza y los opuestos a éstos, como son la muerte, la enfermedad, las molestias, la fealdad, la debilidad, la pobreza, el bajo linaje y otras semejantes... Y así como es propio del calor calentar y no enfriar, es propio del bien beneficiar y no perjudicar; pero las riquezas y la salud no son más provechosas que dañosas, luego ni las riquezas ni la salud son bienes.
Diógenes Laercio, Carta a Meneceo

De acuerdo con nuestras propias tendencias naturales, debemos preferir los bienes y rechazar los males. Así pues, el bien supremo de los seres humanos es la virtud; en el fondo, virtud y bien son una y la misma cosa: la virtud consiste en comportarse de acuerdo con la razón, por tanto, los seres humanos son virtuosos cuando obran racionalmente. De este modo, puesto que existe un solo saber (se es o no se es sabio), la virtud también será única y cuando aludimos a una pluralidad de virtudes, no pretendemos sino designar los diferentes puntos de vista desde los que podemos considerar aquélla; a este respecto, los estoicos enumeran junto a virtudes, como la prudencia, constancia, sabiduría, templanza, etc., otras como la dialéctica y la física.

4. Las pasiones y el mal

Del error proviene la perversión de la mente y por ello surgen muchas pasiones o perturbaciones; pues según Zenón, la perturbación o pasión es un movimiento irracional y contrario a la naturaleza del alma o, lo que es igual, una tendencia desorganizada.
Diógenes Laercio, Carta a Meneceo

La virtud nos conduce hacia nuestra perfección; las pasiones, en cambio, perturban nuestra razón y nos llevan hacia el mal o, expresado de modo más sencillo, la virtud es moralmente buena, las pasiones moralmente malas. Ahora bien, ¿de dónde surgen las pasiones? Según los estoicos, las pasiones se originan en nuestra alma a causa de determinados errores, a causa de un uso inadecuado de la facultad racional; las pasiones son opiniones o juicios precipitados, irreflexivos, equivocados...
De acuerdo con la filosofía estoica, ciertas cosas dependen de nosotros, pero otras no; dependen de nosotros las cosas buenas y las malas, es decir, la prudencia, la justicia, el valor, etc., y la imprudencia, la ignorancia, la cobardía, etc.; y no dependen de nosotros las cosas indiferentes, esto es, la muerte, la salud, la fealdad, las riquezas y otras semejantes. En consecuencia, debemos preocuparnos por procurar las cosas buenas y por evitar las malas, ya que están subordinadas a nosotros, pero no por las cosas indiferentes, que no dependen de nosotros.
Las cosas indiferentes guardan una estrecha relación con nuestros errores y nuestras pasiones, ya que tanto éstas como aquéllos proceden de una inclinación inadecuada (de un deseo inadecuado) hacia ellos. Ahora bien, más que dichas cosas en sí, lo que realmente perturba a los seres humanos y agita sus pasiones son las opiniones erróneas que de ellas se tienen; por ejemplo, el mal no es la muerte, sino la preocupación por la muerte, no la pobreza, sino los deseos desmesurados de riqueza, no la enfermedad, sino el miedo al sufrimiento; o sea, lo que perturba a los seres humanos es su preocupación por las cosas exteriores ajenas a ellos mismos: salud y muerte, pobreza y riquezas, poder, etc.

5. La ataraxia
Las pasiones surgen a causa del error de la razón; pero, a su vez, conducen a mantener y a reforzar éste, privando o dificultando a la razón el ejercicio correcto de su actividad propia; por tanto, ¿cómo librarnos de ellas? La respuesta de los estoicos era contundente: siendo sabios. El sabio no es víctima de las ilusiones de la pasión, porque sabe juzgar rectamente, es decir, de acuerdo con las exigencias de la razón universal (o, lo que es lo mismo, de acuerdo con la naturaleza, la providencia o el orden del cosmos) y, en consecuencia, es virtuoso: el sabio no es avaricioso, ni se deja llevar por la alegría ni la tristeza, no conoce el egoísmo ni la piedad, ni teme al dolor ni a la muerte, etc., pues permanece indiferente a los bienes externos.

A este respecto, los estoicos predicaban la "tranquilidad de ánimo", la "imperturbabilidad" o ataraxia (ἀταραξία) como dominio sobre las pasiones y la apatía (ἀπάδεια) como su eliminación. Así pues, el sabio es virtuoso y su virtud consiste en la ataraxia y la apatía, así como en vivir sin temores ni afectos.


"Quien es prudente es también temperante, quien es temperante es constante, quien es constante es también imperturbable, quien es imperturbable está exento de tristeza, quien está exento de tristeza es feliz y la prudencia basta para hacer la vida venturosa." A esta serie de deducciones responden algunos peripatéticos que la imperturbabilidad y la exención de tristeza debe interpretarse en el sentido de que se llame imperturbable, a quien raramente se perturba y de manera moderada y hombre triste al que no es propenso a entristecerse y no a quien nunca se turba ni entristece, pues afirmar que existe alguien inmune a la tristeza sería negar la naturaleza humana. Los peripatéticos, pues, no arrancan las pasiones, las moderan. Es, empero bien poca cosa. "Yo no comprendo cómo una media enfermedad puede ser saludable y útil".
Séneca, Cartas morales a Lucilio

6. Conclusiones
Los estoicos predicaban la ataraxia; pero, ¿es ésta posible? ¿Es humana? Creemos que la respuesta a ambas preguntas debe ser negativa; en este sentido, Epicteto, uno de los más importantes representantes del estoicismo romano, nos dijo lo siguiente:

Mostradme un estoico, si tenéis alguno, ¿dónde o cómo? Son millares quienes repiten las frases estoicas, ¿acaso no sucede lo mismo con las epicúreas y las peripatéticas? Entonces ¿quién es estoico? Mostradme uno que sea dichoso en la enfermedad, que se encuentre dichoso en el peligro, que sienta felicidad a la hora de la muerte, que despreciado y calumniado aún sea feliz. Pero si no podéis presentarme a nadie modelado así, al menos, mostradme alguien que comience a modelarse de este modo. ¡Hacedme este favor! No privéis a este anciano de ver un espectáculo que hasta ahora no ha podido gozar de él.
Epicteto, Disertaciones

Vemos, pues, que, en el fondo, el sabio, como los estoicos lo concebían, no existe, no puede existir, por eso, ellos mismos se vieron obligados a corregir sus aspiraciones maximalistas y a contentarse con otras más modestas; por ejemplo, señalando los comportamientos más aceptables de las personas o manteniendo que, aun entre las cosas indiferentes, unas son preferibles a otras, por ejemplo, la salud, la riqueza, el arte, la buena suerte, etc. Por otra parte, el sabio estoico, al contrario que el epicúreo, propendía a intervenir en la sociedad y a tomar parte en sus instituciones, lo cual, indudablemente, suponía que se hallaba dispuesto a tener en cuenta las circunstancias concretas, esto es, los problemas y las preocupaciones de sus conciudadanos.
En resumen, es conveniente discernir entre un plano ideal y otro real, entre una moral teórica y otra práctica, entre la moral a que se aspira y la realmente vivida; en este aspecto, la doctrina estoica puede significar un adecuado freno a la desmedida preocupación por el lujo, la riqueza o al incontinente hedonismo de nuestra época; pero más allá de estas beneficiosas influencias nos parece una exageración sobrehumana (o antihumana); la persona, creemos, debe vivir preocupada por las cosas cotidianas y por su futuro, ha de ser capaz de disfrutar con las alegrías de sus amigos y familiares y entristecerse con las desgracias de quienes le rodean y, en fin, ha de procurar ser más bien simpático que apático y preferiblemente voluntarioso que abúlico.